lunes, 25 de octubre de 2021

ACTA DE LA INDEPENDENCIA PARAGUAYA DE 1842.

 




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1845, PARAGUAY DECLARA LA GUERRA A JUAN MANUEL DE ROSAS (BUENOS AIRES)

Sí hablamos del siglo XIX paraguayo es imposible no pensar en la Guerra de la Triple Alianza, pero en esta centuria Paraguay tuvo que hacer frente a otros conflictos, como el poco conocido contra Juan Manuel de Rosas entre 1845 y 1846. 

Las fricciones surgieron en noviembre de 1842 cuando Paraguay declaró formalmente su independencia y sus cónsules, Carlos Antonio López y Mariano Roque Alonso, se lo notificaron a Rosas, gobernador de Buenos Aires y Encargado de las Relaciones Exteriores de la Confederación Argentina. Sin embargo, Rosas, el 26 de abril de 1843, respondió a los cónsules negándose a reconocer la independencia paraguaya. 

Durante los siguientes meses hubo un intercambio de cartas entre los cónsules y Rosas, en las que los primeros le alentaban a este a reconocer la independencia de Paraguay, pero el argentino se mostraba contrario. Además, el enfrentamiento se fue enquistando más cuando Rosas comenzó mediante una serie de decretos a entorpecer el comercio paraguayo con la Confederación Argentina. 

Esta fue la gota que colmó el vaso y la que empujó a López, ya presidente de Paraguay a firmar el 11 de noviembre de 1845 un Tratado de Alianza Ofensiva y Defensiva con el Estado de Corrientes y con el General José María Paz, también enfrentados a Rosas. 

Según podemos leer en el Tratado contra Rosas, este había abierto las “hostilidades contra la independencia, comercio y navegación de la República del Paraguay”, por lo que esta nación tenía el deber de defenderse. En el segundo artículo se dice que el Tratado tiene como objetivo impedir que Rosas “continúe en el uso del poder despótico, ilegítimo y tiránico”. En el tercer artículo se dice que se debe asegurar la independencia de Paraguay “como Estado enteramente separado y distinto de la República Argentina”, así como “la navegación libre por los ríos Paraná y Plata”. Y en el cuarto artículo se aclara que la guerra no se hace a los argentinos, sino a Rosas. 

A este Tratado se añadió una Convención Adicional por la que Paraguay debería aportar un máximo de 10.000 soldados y sus fuerzas fluviales. También se reconocía a José María Paz la dirección de la guerra y se denominaba al ejército aliado como Ejército Aliado Pacificador. Como curiosidad, en el séptimo artículo de esta Convención se dice que Corrientes suministraría caballos y ganado a las tropas paraguayas, y Paraguay aportaría yerba y tabaco a los argentinos y correntinos. Por último, al Tratado y a la Convención Adicional se adjuntaron una serie de artículos secretos en los que se estipulaban los límites de Paraguay. 

Un mes después, el 4 de diciembre, López lanzó una Proclama a la nación en la que se decía: “Hoy el mismo Invasor, dirigido por un Gobierno ambicioso y tiránico, intenta combatir de nuevo la Independencia nacional, y violar vuestros lares, el Sagrado Territorio de la Patria. Conviene no esperarlo, conviene ir a su encuentro, y obligarlo a retroceder sobre sus criminosos pasos”. 

A continuación, el mismo día, López declaró la guerra a Rosas. En esta declaración se hacia un recorrido por la historia de los ultrajes a los que Rosas sometía a Paraguay, y terminaba con estas palabras: “el Presidente de la República del Paraguay, invocando a la Providencia y al mundo entero por testigos de su razón y de justicia, forzado a olvidarse de los sacrificios y calamidades de la guerra, rompiendo su preciosa paz cultivada desde tantos años, declara la guerra al Dictador de Buenos Aires; guerra justa y santa, que cesará luego que él respete la justicia de los pueblos y los preceptos del Criador”. 

Al día siguiente, López nombró a su hijo, Francisco Solano, de solo 18 años y Coronel Mayor, como General en Jefe del Ejército Nacional destinado a Corrientes. Sin embargo, esto no gustó al General Paz, el cual, en sus “Memorias” criticó la falta de conocimientos del joven López. 

El día 7 el presidente López publicó una nueva Proclama en la que alentaba a las tropas paraguayas y en la que podemos leer: “(...) el Dictador de Buenos Aires ambicioso y pérfido nos obliga a la guerra; no consiente que seamos independientes y libres; quiere que seamos sus esclavos; no podíamos sin afrenta sujetarnos a sus caprichos, y nos ha hecho la guerra sin declararla; nosotros más nobles y honrados la hemos declarado, antes de hacerla. Soldados: a vosotros encomienda la Patria esa gloriosa misión; (...)”. Y concluye: "Soldados: os he dado la prenda más preciosa de mi estimación, haciéndoos conducir por un otro yo: por mi Hijo (...)”. 

El día 9 López enviaba a su hijo una serie de instrucciones para la guerra que se avecinaba. Entre estas prevenciones López aconsejaba a su hijo que acampara separado de los correntinos y que no se crearan unidades mixtas, aunque sí podría aceptar oficiales aliados en el ejército paraguayo en calidad de instructores. También le aconsejaba ser afable con sus tropas pero evitando la familiaridad, y que prohibiera entre sus hombres gritos del tipo “matar a Rosas”. 

El día 14 Francisco Solano escribiría a su padre para agradecerle el nombramiento e informarle sobre los preparativos de la expedición. Un día más tarde, el General López lanzaba una Proclama a sus tropas en la que, entre otras cosas, decía: “Vamos a encontrar al enemigo que pérfido niega y ataca nuestra Independencia; hagámosle desistir de la marcha cruel, sangrienta y bárbara que sigue, y volveremos a nuestra Patria a disfrutar de aquella paz sólida y duradera, que tranquilos gozábamos”. 

En los días siguientes el General López y las tropas paraguayas pasaron a Corrientes para iniciar la guerra contra Rosas, pero esa es otra historia.

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martes, 19 de octubre de 2021

La biografía de Fortunato Flores (en "Diccionario Uruguayo de Biografías, 1810-1940").





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LOS DESEMBARCOS ESTADOUNIDENSES EN URUGUAY (1855-1868)

De la larga historia de Uruguay aún hay hechos y eventos poco conocidos, como son los desembarcos estadounidenses y de otras naciones que se produjeron en Montevideo a mediados del siglo XIX. 

En agosto del año 1855 se produjo en Montevideo la Rebelión de los Conservadores contra el gobierno de Venancio Flores, y pese a los reclamos gubernamentales de ayuda a las tropas brasileñas que se encontraban en el país desde el año anterior, estas no intervinieron. Como la situación era delicada por el avance de los conservadores, el 28 de agosto de 1855 los Marines de la corbeta Germantown desembarcaron para proteger las propiedades y las vidas norteamericanas, regresando a su nave el día siguiente, cuando la situación se sosegó. 

Meses más tarde, una vez que Venancio Flores había dejado el cargo y Manuel Basilio Bustamante ejercía la presidencia interina del país tuvo lugar otro alzamiento conservador encabezado por José María Muñoz, Fernando Torres y Eduardo Bertran. Enseguida se sucedieron los enfrentamientos entre las fuerzas rebeldes y las fuerzas gubernamentales que sumió a Montevideo en la violencia durante tres días. El mismo día que estalló todo, el 25 de noviembre, los Marines y marineros del Germantown, al mando del teniente Nicholson, junto a fuerzas de Francia, España e Inglaterra, volvieron a desembarcar en Montevideo para custodiar los consulados de esas naciones y la aduana. Dos días después, Nicholson y sus Marines, con algunos refuerzos, impidieron la masacre de un grupo de insurgentes que ya se habían rendido a las tropas gubernamentales. Las fuerzas estadounidenses permanecieron en tierra hasta el día 30, cuando la situación se tranquilizó. 

A finales de 1857 tuvo lugar un nuevo alzamiento conservador, esta vez contra el presidente Pereira. Días después, en enero, el militar César Díaz intentó tomar Montevideo sin éxito. El 2 de enero, un destacamento de Marines de la fragata St. Lawrence y de la corbeta Falmouth al mando del Comandante French Forrest desembarcaron en Montevideo, y junto a fuerzas británicas, protegieron los consulados de ambas naciones, la aduana, así como las propiedades y las vidas de sus nacionales. Los Marines permanecieron en suelo uruguayo hasta el día 27 de ese mes. 

Diez años después, en 1868, los sucesos internos de Uruguay provocaron nuevos desembarcos extranjeros. El Coronel Fortunato Flores, al mando del Batallón “Libertad”, junto a su hermano Eduardo, hijos del Gobernador Provisorio Venancio Flores, se alzaron contra el gobierno de su padre. Las autoridades uruguayas, temerosas, pidieron ayuda al cónsul estadounidense, James D. Long, para que les protegiera. El 7 de febrero Marines y marineros de los navíos Guerriere, Quinnebaug, Shamokin, Wasp y Kansas desembarcaron en Montevideo por el requerimiento uruguayo, así como para proteger la aduana, bancos y otros intereses extranjeros. En esta ocasión también desembarcaron fuerzas de Brasil, Francia, Gran Bretaña, Italia y España, creando una fuerza combinada comandada por Almirante italiano Amilcare Anguissola. Horas más tarde, cuando la situación en Montevideo se tranquilizó, las fuerzas extrajeras se retiraron. 

Poco después, el 19 de febrero, el expresidente Bernardo Berro y la facción de los blancos se alzaron y tomaron varios edificios gubernamentales. Ese mismo día fue asesinado Venancio Flores y como represalia también fue muerto su rival, Bernardo Berro. Debido al caos que se produjo en Montevideo, Marines y marineros del Kansas y del Wasp volvieron a desembarcar en Montevideo para proteger la aduana y a los residentes extranjeros. Allí permanecieron hasta el día 27, cuando el presidente provisional, Pedro Varela, les requirió su marcha. 

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jueves, 14 de octubre de 2021

LIBRO SÉPTIMO, TÍTULO V, LEY XXVI. QUE EN EL CASTIGO DE MOTINES, Y SEDICIONES DE NEGROS NO SE HAGAN PROCESOS (Felipe III, Lisboa, 14-9-1619).

Porque en casos de motines, sediciones y rebeldías con actos de salteamientos y de famosos ladrones, que suceden en las Indias con negros cimarrones, no conviene hacer proceso ordinario criminal, y se debe castigar las cabezas ejemplarmente, y reducir a los demás a esclavitud y servidumbre, pues son de condición esclavos fugitivos de sus amos, haciendo justicia en la causa, y excusando tiempo y proceso. Mandamos a los Virreyes, Presidentes Gobernadores y a las justicias a quien toca, que así lo guarden, y cumplan en las ocasiones que se ofrecieren.

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CRÍMENES ESPAÑOLES EN AMÉRICA (II): LA COLONIZACIÓN

Con el final de las grandes expediciones de la Conquista y el inicio del periodo colonial se podría pensar que los crímenes contra los pueblos amerindios habían acabado, pero nada más lejos de la realidad, los malos tratos y las atrocidades continuaron, en ocasiones bajo nuevas y terribles formas. 

Ya los contemporáneos se dieron cuenta de las crueldades a las que se sometía a los indígenas. Como prueba, los dos siguientes testimonios. En 1511, en los primeros momentos de la colonización de La Española, Fray Antonio Montesinos dijo estas palabras: “Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís, por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes. Decid, ¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios?”. De 1582 data un texto estremecedor. Se trata de una cédula de Felipe II en la que el rey se hacía eco de los malos tratos a los que se sometía a los indígenas. Tanta era la desesperación de los indios que en el texto se dice: “...muchos se ahorcan, y otros se dejan morir sin comer,...”. 

De estos malos tratos tenemos infinidad de testimonios a lo largo de más de tres siglos. Podemos citar algunos ejemplos. Según Las Constituciones de los Naturales promulgadas por el Primer Concilio Limense en 1552 a los indios que renegasen o hablasen contra Dios se les debía encarcelar, dar cien azotes y cortar el pelo. Cuenta el cronista Felipe Guamán que los indios que protestaban contra los abusos del clero eran amenazados por los sacerdotes con cortarles las narices o matarlos a base de azotes. Otros testimonios hablan de que los prisioneros de guerra eran marcados e incluso mutilados. También tenemos noticias de que durante el gobierno de Sebastián de Belalcázar en Popayán se llegaron a matar indios, los cuales eran descuartizados y dados a los perros. 

En Paraguay se sabe que algunos españoles, celosos de los indios, los mataban, los envenenaban y hasta los castraban. En Chile, por ejemplo, sabemos que según algunas ordenanzas los indios tenían prohibido andar de noche por la ciudad, jugar a las cartas bajo pena de cien azotes e incluso tener más de un perro. En 1589 sabemos que un español de  Tucumán fue condenado a la horca y a ser descuartizado por, entre otras cosas, haber corrompido a ocho muchachas, por haber matado a varios indios, por haber cortado la lengua y los pulgares a otros, cortado el pelo y azotado a muchos más y haber robado varias indias a sus padres. En 1610, sabemos por una Relación, que en la ciudad de Talamanca, en el territorio de Guatemala, a unos indios que se negaron a trabajar para los españoles se les cortaron las orejas, se les azotó y se les cortó el pelo, algo que era una gran afrenta para ellos. 

Aunque este último castigo parece de menor importancia, la legislación indiana nos hace pensar todo lo contrario. Trasquilar a los indios, es decir, cortarles el pelo era una gran humillación, por eso las leyes intentaron prohibirlo. En 1560 una cédula real prohibía a los religiosos azotar, encarcelar o trasquilar indios. Una norma similar la encontramos en el Segundo Concilio Limense de 1567. Sin embargo, estas leyes parece que no tuvieron éxito, pues todavía en 1685 podemos encontrar ordenanzas contra este castigo. 

Otros tipos de castigos especialmente crueles eran a los que eran sometidos los rebeldes. En el caso de Tupac Amaru se le arrastró, se le arrancó la lengua y se le desmembró con cuatro caballos. A sus familiares y compañeros también se les ejecutó y sus miembros fueron repartidos por distintas partes de Perú. Tiempo después, a un primo de Tupac Amaru, Diego Cristóbal, se le arrancaron trozos de carne con tenazas caldeadas y luego fue colgado. 

Otra de las calamidades que debieron sufrir los indígenas durante la época colonial fue la de la Inquisición. Dejando a un lado las atroces torturas que se llevaban a cabo durante el proceso, las penas iban desde la cárcel perpetua, el destierro o servir varios años en galeras, a morir en la hoguera, pena esta a la que, por ejemplo, fue sentenciado en 1539 un cacique de Texcoco. Sin embargo, tiempo después se prohibió a la Inquisición proceder contra los indios, aunque a estos se les siguieron haciendo las conocidas como “visitas de idolatrías”. Los que no quedaron fuera de la jurisdicción de la Inquisición fueron mestizos, mulatos y negros. 

Los negros, especialmente los esclavos, también sufrieron la barbarie española. Muchas leyes nos hablan de esto. Por ejemplo, una ley de 1574 sentenciaba a 200 azotes al negro que se fugara y si se hubiera unido a negros alzados sería ahorcado. Siendo estas penas aún más duras contra los cimarrones. En otra ley de 1602, se ordenaba que los negros y mulatos libres que no tuvieran trabajo fueran obligados a trabajar en las minas. 

El siguiente crimen de los colonizadores del que hablaremos es el de la violencia sexual hacia las indígenas, atrocidad muy extendida a juzgar por las fuentes de la época. Por ejemplo, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, gobernador de Paraguay, cuenta como los españoles tenían relaciones con las indias, las cuales se intercambiaban los unos a los otros. También cuenta como dos clérigos tenían a varias indias encerradas en su casa, algunas de tan solo doce años. También en Paraguay, escribió el clérigo Martín González que las mujeres eran tan maltratadas que preferían matarse. Incluso narra la historia de como los españoles se jugaban a las indias. 

Para finalizar hablaremos de una de las crueldades cometidas durante la época colonial menos conocida: las deportaciones. Desde los primeros momentos de la colonización los españoles trasladaron a pueblos enteros desde sus lugares de origen a otros territorios, en ocasiones a mucha distancia, como forma de castigo o para realizar trabajos forzosos. Ya desde principios del siglo XVI, ante la despoblación de La Española, fueron llevados a esta isla miles de indígenas desde las Lucayas para trabajar. También tenemos testimonios del traslado forzoso de indios desde Cartago, en la moderna Colombia, a Perú para luchar en las guerras civiles. 

En Chile, en la primera mitad del siglo XVII también se trasladaron pueblos, algunos incluso desde el otro lado de los Andes mediante colleras o por mar hasta Lima. Noticias semejantes sobre deportaciones igualmente las podemos encontrar en Paraguay, donde era frecuente el rapto de mujeres de sus poblados, y en México. Este último lugar fue testigo de una de las últimas deportaciones de la América española, la de los apaches que fueron llevados desde Nuevo México a Cuba para realizar trabajos forzados.

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martes, 5 de octubre de 2021

ESPAÑOLES ANTROPÓFAGOS EN BUENOS AIRES (1535) SEGÚN ULRICH SCHMIDEL.

"Y aconteció que tres Españoles se robaron un rocín y se lo comieron sin ser sentidos; mas cuando se llegó á saber los mandaron prender é hicieron declarar con tormento; y luego que confesaron el delito los condenaron á muerte en horca, y los ajusticiaron á los tres. Esa misma noche otros Españoles se arrimaron á los tres colgados en las horcas y les cortaron los muslos y otros pedazos de carne y cargaron con ellos á sus casas para satisfacer el hambre. También un Español se comió al hermano que había muerto en la ciudad de Buenos Aires".


CRÍMENES ESPAÑOLES EN AMÉRICA (I): LA CONQUISTA

Aunque durante mucho tiempo, especialmente en los últimos años por algunos sectores, se ha querido presentar la Conquista como una obra evangelizadora y libertadora de los pueblos indígenas que eran oprimidos por incas y aztecas, la realidad es más espantosa. La Conquista fue genocidio, guerra, torturas, esclavitud, violaciones y toda una infinidad de crímenes horrendos e inimaginables. A continuación hablaremos de algunos de estos hechos más desconocidos. 

Durante la conquista de América los españoles usaron la estrategia del terror. Cuando llegaban a un territorio realizaban una gran matanza en un lugar para que la noticia se extendiera a los pueblos vecinos y se sometieran llevados por el pánico. Esto es lo que pasó en Cholula según Bartolomé de las Casas, donde los Hernán Cortés y sus hombres masacraron a miles de indígenas. 

Para llevar a cabo esta estrategia de terror los españoles se sirvieron de varias armas, siendo una de las más terribles los perros de guerra. Los perros fueron usados en la batalla, para infundir terror psicológico en el enemigo, para vigilar, para cazar y para castigar a los enemigos con el atroz procedimiento conocido como “aperreamiento”. Algunos de estos animales, como Becerrillo, Leoncico o Amadís llegaron a ser tristemente celebres. Sabemos que los perros se usaron por toda América y las crónicas mencionan como se entrenaron para matar y comer indios. De las Casas cuenta como los españoles llevaban en sus expediciones indios encadenados para alimentar a sus perros o como salían a cazar indios con ellos. 

Colón ya usó en La Española hasta veinte perros, donde cada uno era capaz de matar 100 indios en una hora. En Perú, Gonzalo Pizarro lanzó a los perros a muchos indios, los cuales eran despedazados y devorados. En Panamá Núñez de Balboa aperreó a cincuenta indios a los que acusaba de sodomía. También en Panamá, durante una campaña contra rebeldes cimarrones, los perros devoraron a varios prisioneros negros. En Chiquitos se llegaron a aperrear miles de indígenas y durante la conquista de Tierra Firme Pedro Simón menciona un combate singular entre el perro Amadís y un indio, el cual acabó siendo destripado por el animal. 

Pero no fueron los aperreamientos las únicas atrocidades que los españoles hicieron en América. Una de las más sorprendentes es la narrada por Bernal Díaz del Castillo. Según este cronista, durante la conquista de México, los españoles le sacaron a un indio el unto, es decir su grasa corporal, para curar las heridas de los caballos y de los soldados. 

Otra de las crueldades que aparecen en las crónicas y en otros documentos es que los españoles usaban con frecuencia las mutilaciones para castigar y aterrorizar a sus enemigos. Fray Pedro de Aguado cuenta como en la actual Colombia los conquistadores cortaron las manos a unos indios, se las colgaron del cuello y los enviaron a que llevaran la noticia de su presencia a otros lugares. Algo similar se hizo en Perú durante la conquista de los Chachapoyas, donde a los hombres se les cortaban las manos y a las mujeres los pechos. En Huamanga, también en Perú, Alonso de Alvarado aperreó, quemó, cortó manos y pechos a muchos indios e indias. En la región de Quito también tenemos noticias de como a muchos indígenas se les cortaron las manos, las orejas y las narices. El cronista Pedro Mariño narra que, durante la conquista de Chile, a los indios se les amputaban los pies, las manos, las orejas, las narices y hasta las mejillas. 

Pedro Simón en sus Noticias Historiales cuenta como a los enemigos se les cortaban orejas, narices y pulgares que eran enviados por mensajeros a los otros indios para que se apaciguaran. Por una carta de un funcionario de Tucumán también sabemos que a los indígenas se les cortaban los tendones de las piernas o las mismas piernas, algo que no está claro. Menos frecuente parece, aunque también se dio, fue la amputación de la lengua. Esto con respecto a los castigos. 

En lo referente a las ejecuciones los conquistadores no fueron menos salvajes. Sin olvidar los ahorcamientos y las decapitaciones, uno de los métodos favoritos de los españoles fue el de quemar vivos a los prisioneros, sistema utilizado especialmente para ejecutar a los líderes indígenas. Cuenta Pedro Cieza de León que Francisco Pizarro, durante la conquista del Perú, mandó quemar a Chalicuchima. De las Casas igualmente cuenta que a varios señores se les quemó vivos en una especie de parrillas. Asimismo también se quemaron a grandes grupos de personas, como ocurrió en la Matanza de Cholula de 1519 o cuando Cortés hizo quemar a varios caciques para dar ejemplo. 

Otro de los castigos empleados por los españoles fue el de empalar a los prisioneros, aunque este parece que no estuvo tan generalizado. José de Oviedo, en su crónica de la conquista de Venezuela cuenta el terrible procedimiento de empalar: “metiéndoles por las partes inferiores maderos gruesos con puntas muy agudas, partiéndoles los intestinos y atravesándoles las entrañas, se los sacaban por el cerebro”. Tenemos noticias de que esta barbarie se produjo en lugares como Chile, Popayán o Guayrá, un antiguo territorio de Paraguay, donde muchos indios fueron ahorcados, descuartizados y empalados. 

Pero esto no es todo. Tenemos algunos testimonios de como los españoles acababan de una forma inhumana con los enemigos derrotados. Entregaban a los indígenas prisioneros para que sus aliados indios se los comieran. De las Casas llega a contar como se mataban niños y se asaban para comerlos. En Paraguay, el gobernador Irala entregó a indios Payaguás a sus aliados Carios para que los mataran, los despedazaran y se los comieran. Informaciones parecidas también las encontramos en México y en Colombia. 

Pero los indígenas no fueron los únicos caníbales. Tenemos varias noticias de que los españoles también practicaron la antropofagia. El cronista López de Gomara cuenta como en Veragua unos españoles hambrientos se comieron caballos y perros, luego a un indio y más tarde a otros españoles. El historiador Antonio de Herrera cuenta como durante la expedición a Honduras de Hernán Cortés, un tal Medrano se comió los sesos y las asaduras de varios españoles. Asimismo sabemos que en Buenos Aires unos españoles se comieron los cadáveres de unos compatriotas que habían sido colgados. 

Junto a estos crímenes hubo otra crueldad derivada de las guerras de conquista: la esclavitud. Desde la llegada de Colón a las Antillas en 1492 se comenzó a esclavizar a los isleños, muchos de los cuales eran enviados a España y un gran número de ellos morían durante el viaje. Fue tal la voracidad esclavista de Colón que hasta reina Isabel le reprendió por esclavizar a sus vasallos y ordenó que se devolviesen a América. Sin embargo, el tráfico de esclavos pronto se reanudó. 

En 1548 el rey Carlos publicó una provisión por la que todos los esclavos de Cortés quedaban libres. Otras leyes se publicaron en el mismo sentido, sin embargo, estas normas contra la esclavitud eran una fachada, pues la esclavitud indígena siguió existiendo en algunos supuestos y los indios que no eran esclavos estaban igualmente obligados a trabajar para los conquistadores mediante el sistema de Encomienda. 

Con respecto a la esclavitud podemos apuntar otra atrocidad más, el herrado de indios, es decir, como se les marcaba en el cuerpo o el rostro con un hierro candente. Cuenta Díaz del Castillo que, durante la conquista de México, se herró a los esclavos, a los que se refiere como “piezas”, con un hierro con la marca “G” de guerra, pero que los soldados escondían a las indias más hermosas y se las quedaban. Sin embargo, una ley de 1526 prohibió que los indios de la Nueva España fueran esclavizados y herrados, aunque parece que no se cumplió del todo si tenemos en cuenta que una ley de 1532 ordenaba que no se herraran indios, aunque fueran esclavos. 

Una de las más despreciables consecuencias de la esclavitud y de la Conquista en general fue el de la violencia sexual hacia las indígenas. Miguel Cuneo, un italiano que acompañó a Colón en uno de sus viajes, cuenta como este le regaló una india caribe y al quererla violar en su camarote ella se resistió, pero finalmente lo consiguió tras azotarla. De las Casas informa de como los conquistadores de La Española tomaban por la fuerza a las hijas o hermanas de los caciques. También tenemos varias noticias de como se raptaban indias en Paraguay y de como los españoles se robaban los unos a los otros sus esclavas para yacer con ellas. Aunque en algunos relatos se condena esta práctica, en otros sin embargo la violación de indígenas no parecía estar mal vista y lo único reprochable es que se hiciera con las que no estaban bautizadas.


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miércoles, 29 de septiembre de 2021

FALLECIMIENTO DE CARLOS MICHELSEN (1893).

 


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LOS CONFLICTOS ENTRE COLOMBIA Y DINAMARCA (1862-1886)

A lo largo de su historia Colombia ha tenido numerosos conflictos internos y externos, pero hay algunos de estos conflictos que, aunque no fueron armados, llaman la atención por sus protagonistas y por ser desconocidos. Este es el caso de los dos conflictos diplomáticos mantenidos con Dinamarca en la segunda mitad del siglo XIX. 

En 1862, cuando finalizaba la guerra civil que se había iniciado dos años antes, el cónsul general de Dinamarca en el país, Carlos Michelsen, refugió en la legación a dos conservadores, pertenecientes al bando perdedor de la conflagración. Estos fueron el coronel Mateo Viana y Carlos Holguín, futuro presidente de Colombia, que huían de las represalias de los vencedores. 

Como represalia, Tomás Cipriano de Mosquera, presidente provisorio, retiró el exequatur a Michelsen el 26 de noviembre de aquel año mediante un decreto. El exequatur es la autorización que otorga el jefe de un Estado a los agentes extranjeros para que en su territorio puedan ejercer las funciones propias de sus cargos, y al serle retirado a Michelsen, este quedó sin poder ejercer sus funciones. En el decreto, Mosquera alegaba “que no le conviene a la República que el señor Cárlos Michelsen continúe con el carácter de Cónsul jeneral de Dinamarca, porque tiene fuertes i complicados negocios mercantiles con el Gobierno...”. 

Poco después, el 5 de diciembre otro decreto retiraba el exequatur a otros diplomáticos de Dinamarca y de otras naciones bajo el pretexto de que no le convenía a la República que ciudadanos colombianos ejerzan este cargo en nombre de naciones extranjeras ya que se aprovechaban de la inmunidad de su cargo para saltarse las leyes. Entre los afectados por el nuevo decreto se encontraban los cónsules, vice-cónsules y agentes consulares de Dinamarca en Bogotá, Sabanilla, Santa Marta, Cartagena y Riohacha. 

La respuesta de Dinamarca no se hizo esperar y rompió las relaciones diplomáticas y comerciales con Colombia. Además, el gobierno danés se negó por dos veces a admitir cónsules colombianos en sus territorios. 

Esta situación se alargó cerca de diez años, hasta que el presidente Manuel Murillo, mediante el decreto del 12 de julio de 1872 anuló el decreto de 1862 en el que se retiraba el exequatur a Carlos Michelsen y a los demás cónsules daneses en Colombia. A su vez, Dinamarca se mostró favorable a reconocer a los agentes consulares colombianos en las Antillas Danesas. Pero, a pesar del restablecimiento de las relaciones, este no sería el último conflicto entre ambas naciones. 

En mayo de 1885, durante la guerra civil colombiana entre conservadores y liberales, el político liberal Nicolás Esguerra tuvo que huir. Cuando era buscado, tropas colombianas irrumpieron sin permiso en la residencia de Carlos Michelsen, aún cónsul danés en Colombia, lo que generó un nuevo conflicto diplomático. Tras el minucioso registro de la casa de Michelsen, de su Despacho y del Archivo del Consulado, el representante danés dirigió una queja formal al Secretario de Relaciones Exteriores colombiano. 

Este le respondió reconociéndole que todo se debía al estado de guerra del país y que los que irrumpieron en su casa lo hacían debido a la persecución del adversario político. Aunque Michelsen aceptaba las explicaciones, informó que debía poner en conocimiento del gobierno danés tales hechos. No fue hasta febrero de 1886 cuando las autoridades colombianas, reconocieron, como exigía Dinamarca, que durante el asalto a la casa del cónsul no se tenía intención de ofender al país europeo, dándose así concluido este segundo incidente. 

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miércoles, 22 de septiembre de 2021

1871, CONVENCIÓN DE ARMISTICIO O TREGUA INDEFINIDA ENTRE CHILE, BOLIVIA, ECUADOR, PERÚ Y ESPAÑA.

 


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1866, EL PLAN CHILENO-PERUANO PARA ATACAR FILIPINAS

Es mucho lo que se ha escrito sobre la Guerra del Pacífico que enfrento a España con la Cuádruple Alianza entre 1865 y 1866, pero es muy poco lo que se conoce sobre uno de los episodios más audaces e increíbles de esta contienda, el intento de ataque chileno-peruano a las Filipinas españolas. 

Desde 1863 se sucedieron una serie de incidentes entre España y Perú, y poco después también con Chile, que llevó a que ambos países latinoamericanos firmaran a finales de 1865 una Alianza Ofensiva y Defensiva. A continuación, en parte por el furor americanista de la época, y en parte por la presión de sus poderosos vecinos, se adhirieron a esta alianza Ecuador, en enero de 1866, y Bolivia, en marzo de ese mismo año. 

A pesar de que en aquella época España era una potencia de segundo orden, su marina, pese a la lejanía del campo de operaciones, era más fuerte que las flotas combinadas de los cuatro países sudamericanos. Por ello, desde muy pronto, los aliados idearon usar barcos corsarios para atacar objetivos españoles. 

Ya en noviembre 1865 el Encargado de Negocios peruano en Argentina, Benigno González Vigil, escribió al Ministro de Relaciones Exteriores de su país, en referencia al bloqueo de los puertos chilenos por parte de la flota española, que “el medio eficaz de sostener la guerra por parte de Chile, será por necesidad el corso; y después de las Antillas y de las Filipinas, en ninguna parte encontrarían los corsarios de Chile, mayor número de presas que en el Río de la Plata, que mantiene con España un comercio valioso...”. 

Poco después, en el opúsculo “Agresión de España contra Chile” su autor defendía también el uso de corsarios contra España y decía: “Con algunos buques de guerra, Chile podía tener en zozobra en todos los mares a la marina mercante española, y aún averiguar hasta qué punto los puertos de España en las Filipinas, en Cuba, en Puerto Rico, y aún en la Península misma, están bien resguardados. Chile puede también emplear contra España medios menos costosos y mas seguros. [...] Chile puede ofrecer una bandera y patente de corso a los aventureros de toda nacionalidad que tengan alguna gana de hacerse corsarios”. 

Fue en 1866 cuando tomó cuerpo la idea de atacar a España en Filipinas, una de sus últimas posesiones ultramarinas. Para ello, el Jefe Supremo peruano, Mariano Ignacio Prado, contrató al Capitán de la marina confederada John Tucker, al que nombró Contraalmirante, para que se pusiera al mando de las fuerzas aliadas y atacara Filipinas. Al mismo tiempo, Prado envió a un alto jefe de la marina peruana a Filipinas para que espiara las fortificaciones y las fuerzas navales españolas en este archipiélago Según algunos documentos, en mayo las autoridades españolas en Filipinas ya se temían un posible ataque. 

El plan no está del todo claro para los historiadores. Para unos, la flota chileno-peruana comandada por Tucker debía atacar Filipinas. Para otros historiadores, la expedición al Extremo Oriente iría más allá de un simple ataque. Las fuerzas aliadas ocuparían las Filipinas, lo que afectaría al dominio español en el Pacífico, al tiempo que estimularía a los filipinos para independizarse de España. Y no solo eso, sino que la flota chileno-peruana perseguiría al navío español Numancia hasta Filipinas, atacaría las posesiones españolas en América e incluso a la misma España. 

En el verano de 1866 John Tucker sustituyó a Lizardo Montero, que por entonces comandaba la flota peruana estacionada en Valparaíso. Esto molestó mucho a los oficiales peruanos, entre ellos el famoso marino Miguel Grau, que veían innecesario que la flota de Perú estuviera comandada por un extranjero, por lo que protestaron fervientemente y a continuación renunciaron a sus cargos. Esto llevó a que se les juzgara por insubordinación y se les encarcelara durante un tiempo, lo que acabó con los planes de atacar Filipinas. Aún así, los rumores de un posible ataque a las Filipinas seguían llegando a las autoridades españolas. 

Pero aquí no acabaron los planes aliados contra España. Chile intentó llevar la guerra a Europa mediante una flotilla comandada por un excapitán de la Marina Real británica, McKillop, pero el plan no se materializó. Y no es todo, los aliados sufrieron otro revés cuando la corbeta chilena Tornado que se dirigía al Pacífico desde Inglaterra fue capturada por los españoles en las Islas Madeira en agosto de 1866. 

Por su parte, en abril de 1867 el político y escritor chileno, Benjamín Vicuña Mackenna, en misión secreta en Estados Unidos, escribió al gobierno de su país sobre estos planes. Y aunque las hostilidades habían cesado desde el año anterior, decía que existían tres opciones para atacar a España. Primero, una expedición marítima a Filipinas, cosa que descartaba. La segunda, atacar los puertos españoles, como Barcelona o Cartagena, pero también lo desechó por su elevado coste. En tercer lugar, atacar e invadir Cuba. Este era el plan por el que abogaba Vicuña Mackenna. 

Sospechando esto, España quiso defender las costas de Cuba y Puerto Rico con la compra de nuevos buques y la construcción de nuevas defensas. Y es que, desde el inicio del conflicto hubo rumores sobre barcos aliados en el Caribe y movimientos diplomáticos aliados para intentar coaligarse con Venezuela u otro país de la zona desde donde atacar Cuba. 

Al final no fue necesario llevar la guerra ni a España, ni a Cuba, ni a Filipinas, ya que las hostilidades no se reanudaron y, con el tiempo, los antiguos enemigos firmaron el armisticio y la paz.

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miércoles, 15 de septiembre de 2021

Orden del Gobernador Felipe Rege Corvalán al Corregidor de San Ignacio, sobre envío de 40 indios para reedificar el Castillo de San Ildefonso (15-11-1677)

 


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LOS CASTILLOS OLVIDADOS DE PARAGUAY

Sobre la historia colonial de Paraguay mucho se ha hablado de las misiones jesuíticas o de los problemas fronterizos con los territorios portugueses, pero es poco conocido que los españoles levantaron auténticas fortalezas y castillos, hoy día desaparecidos. A continuación hablaremos de dos de ellos. 

En 1659 llegó a la provincia del Paraguay el gobernador Alonso Sarmiento, el cual encontró que los dominios españoles eran continuamente atacados por indígenas del otro lado del río Paraguay. Algunas de estas tribus fueron conocidas en época colonial como avezados piratas fluviales que incursionaban continuamente en el territorio español. 

Fue para acabar con las correrías de dos de estas tribus, la de los guaicurúes y la de los payaguás del Chaco, para lo que el gobernador de Paraguay ordenó a finales de año que se construyera un fuerte a orillas del río, dos leguas al norte de Asunción, en el actual Remanso Castillo. Este fuerte se conocería como Castillo de San Ildefonso o Castillo de Tapúa. 

A pesar de las representaciones que tenemos del castillo que lo presentan como una firme construcción en piedra al estilo medieval, en realidad parece que se erigió con postes de madera y barro. Constaba de cuatro torres, alojamientos para los soldados y para el gobernador del castillo. 

Pero la construcción de este fuerte tuvo una consecuencia inesperada. Al solicitar, o más bien, al exigir mano de obra a los indios de Arecayá para la construcción del fuerte, estos terminaron por rebelarse en 1660, llegando a poner en serios apuros al gobernador Sarmiento, aunque esa es otra historia. 

En 1665 el nuevo gobernador, Juan Diez de Andino, informaba sobre la utilidad del castillo para contener las incursiones de los guaicurúes y de los payaguás. Años más tarde, en 1677, tenemos noticias de que otro gobernador, Felipe Reje Gorvalán, solicitó el envió de 40 indios para le reedificación del Castillo de San Ildefonso, el cual, quizás, fue dañado por alguna riada del Paraguay. Poco después, también solicitó a sus superiores armas para defender entre otros fuertes, este castillo. La vida del fuerte debió de continuar al menos hasta principios del siglo XVIII, desapareciendo tiempo después sin dejar vestigios. 

Pero esta no fue la única fortaleza levantada por los españoles. Durante el periodo colonial los españoles construyeron otros fuertes a lo largo del río Paraguay para proteger sus dominios de las incursiones de los pueblos del Chaco. Una de ellas fue el Castillo de San Agustín de Arecutacuá, que se situó al norte de Asunción, en la confluencia de los ríos Paraguay y Piribebuy, cerca de la actual Emboscada. 

El fuerte se construyó para protegerse de los indios payaguás que utilizaban aquel lugar como paso para sus correrías, pero también se construyó para rechazar los posibles ataques de los bandeirantes y de los mamelucos portugueses, es decir, de los cazadores de esclavos que llegaban desde São Paulo. 

La construcción comenzó en 1717 por orden del gobernador Diego de los Reyes Balmaseda y para ello se obligó a decenas de guaraníes de las misiones a que participaran en la obra. Según algunos documentos, la muralla del castillo era “de tierra gruesa de siete a ocho varas de alto, con 6 torreones” y contaba con una guarnición de más de 500 personas, entre indios, mulatos y españoles. 

Además del castillo, se construyó al otro lado del río una pequeña fortaleza que constaba de una guarnición y cañones. Cuatro años después, en 1721, esta construcción fue aprobada mediante una Real Cédula del rey de España. 

Pero a pesar de su firme construcción, el castillo no duró mucho. El desbordamiento del río Paraguay lo arrasó en 1723, por lo que tuvo que ser reedificado entre 1725 y 1726 por orden del gobernador Martín de Barúa, aunque no en el mismo lugar, sino en un sitio próximo algo más alto, y esta vez en piedra y barro, sin embargo su imagen está lejos de parecerse a los dibujos que se conservan. 

En este segundo período el Castillo de San Agustín sirvió como cárcel durante la Revolución Comunera, aunque finalmente fue abandonado en 1738, en época del gobernador José Martín de Echauri, ya que el peligro payaguá se había disipado. 

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sábado, 11 de septiembre de 2021

1972, EL EJÉRCITO ROJO JAPONÉS ATACA EL AEROPUERTO DE TEL AVIV.

 


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11-S, LOS JAPONESES QUE REIVINDICARON EL ATAQUE

A poco tiempo de que se cumpla el veinte aniversario de los ataques del 11 de septiembre de 2001, hablaremos de una historia poco conocida. 

Entre el océano de noticias de aquellos días cayó en el olvido una que resultó sorprendente, la de la reivindicación de los ataques por parte de un grupo terrorista japonés, el Ejército Rojo. Pero, ¿qué fue el Ejército Rojo japonés? 

El Ejército Rojo fue un grupo de ideología comunista que se caracterizó por llevar a cabo espectaculares ataques por todo el mundo y por actuar en colaboración con grupos palestinos. En 1970, la Facción del Ejército Rojo, un precursor del Ejército Rojo secuestró un avión japonés. Dos años después actuaron en Tel Aviv, perpetrando la conocida como Masacre del Aeropuerto de Lod. En 1973 secuestraron un avión japonés en Holanda y lo llevaron a Libia. Entre 1974 y 1977 actuaron en Singapur, Holanda, Malasia, Turquía e India. En los '80 cometieron atentados en Italia e Indonesia. En los '90 intentaron establecerse sin éxito en Sudamérica. 

Finalmente, en abril de 2001 se declaró el fin del Ejército Rojo, sin embargo, el 12 de septiembre de ese año, horas después de los ataques a las Torres Gemelas y al Pentágono, comenzó a circular la noticia de que los responsables habían sido miembros del Ejército Rojo japonés. 

Al parecer un periodista jordano recibió una llamada en la que un individuo reclamaba la responsabilidad en nombre del Ejército Rojo. En la llamada también se justificaban los ataques como una venganza por las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, cuyo 56 aniversario se había cumplido solo unas semanas antes. La noticia pronto cayó en el olvido cuando se confirmó la autoría de Al-Qaeda y Bin Laden. Tiempo después se dijo que el intento de relacionar al Ejército Rojo con los atentados del 11-S fue una distracción orquestada por algún gobierno de Oriente Próximo, quizás Irán. 

Pero esta no fue la única reivindicación del 11-S por una organización ajena a Al-Qaeda. Un día después de los ataques se publicó que Lashkar-i-Taiba, un grupo islamista de Cachemira también había reivindicado los ataques. Sin embargo, como en el anterior caso, también se trató de una mentira.

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martes, 7 de septiembre de 2021

LA BACTRIANA SEGÚN ESTRABÓN (XI, 11, 2-3).

 De Bactria, una parte limita con el norte de Aria, pero la mayor parte se extiende más hacia el este. Es un país grande y productivo en todo excepto aceite. Los griegos que la sublevaron se hicieron tan poderosos gracias a la fertilidad de su tierra que, según afirma Apolodoro de Artémita, dominaron la Ariane y la India, y subyugaron más pueblos que Alejandro, especialmente Menandro, si verdaderamente cruzó el Hípanis hacia el este y marchó hasta el ísamo. Unos pueblos los conquistó él en persona y otros Demetrio el hijo de Eutidemo, rey de los bactrios. No solo se apoderaron de la Patalene, sino además, en el resto de la costa, del reino llamado de Saraosto y del de Sigérdide. Apolodoro dice, en una palabra, que la Bactriane es el ornamento de toda la Ariane. Y, además, extendieron su dominio hasta el territorio de los seros y el de los frinos. 

Sus ciudades eran Bactra, a la que también llaman Zariaspa y que está atravesada por un río de su mismo nombre que desemboca en el Oxo, Dárapsa y otras muchas, entre ellas también Eucratídia, que recibió el nombre de su gobernante. Los griegos que se apoderaron del país también lo habían dividido en satrapías, y de éstas los partos despojaron a Eucrátides de la de Aspiones y la de Turiva. También se apoderaron los griegos de Sogdiane, situada más lejos que la Bactriane hacia el este, entre los ríos Oxo, que separa el territorio de los bactrios y el de los sogdios, y el Yaxartes. Este río a su vez separa también el territorio de los sogdios de los nómadas.

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LAS CIUDADES GRIEGAS DE AFGANISTÁN.

La actual Afganistán está formada, a grandes rasgos, por partes de los antiguos territorios persas de la Bactriana, la Margiana, la Aria, la Drangiana, la Aracosia, Parapamisos y Ghandara, los cuales fueron conquistados por Alejandro Magno entre los años 330 y 327 a. C. aproximadamente. Tras la muerte del macedonio, sus generales se repartieron las antiguas satrapías persas, aunque poco después, los territorios afganos pasaron a depender de la dinastía de los seléucidas. 

Años después, parte de estos territorios fueron anexionados por los Maurya de la India. A continuación, el reino greco-bactriano, que se había independizado del Imperio Seléucida, reconquistó estos territorios. Más tarde, ante la presión de los pueblos nómadas, los griegos avanzaron hacia el noroeste de la India y crearon los reinos indo-griegos. 

Finalmente, los griegos sucumbieron a los partos, a los indo-partos, a los indo-escitas y a los kushan, sin embargo, el influjo heleno permaneció en la cultura y el arte durante mucho tiempo, cómo podemos observar en las miles de esculturas greco-budistas de Hadda. Durante este tiempo, en el que Afganistán formó parte del mundo helenístico, fueron fundadas o refundadas varias ciudades que actualmente han caído en el olvido y de las que hablaremos a continuación. 

La primera ciudad de la que hablaremos, Ai Khanoum, es un yacimiento situado al noreste de Afganistán, en la frontera afgano-tayika, en territorio de la antigua Bactriana. Fue redescubierta a principios de los sesenta y excavada durante varios años por un equipo francés que desenterró increíbles tesoros. Ai Khanoum, como el resto de ciudades griegas en la región, fue habitada por población autóctona, veteranos de los ejércitos macedonios y colonos llegados desde Grecia. 

Ai Khanoum es la ciudad griega de Afganistán mejor conocida, aunque paradójicamente no sabemos su antiguo nombre con seguridad. Sin embargo, muchos historiadores creen que Ai Khanoum es la Alejandría Oxiana mencionada por Claudio Ptolomeo, otros piensan que pudo tener otro nombre o haber cambiado de denominación a lo largo de su historia. Pudo así, según se cree, haberse llamado Dionisiopolis o Diodoteia. También se ha propuesto que Ai Khanoum pudo ser la capital del rey greco-bactriano Eucrátides, quien la rebautizó como Eucratideia, nombre mencionado por Estrabón. 

Tampoco está claro cuando se fundó la ciudad. Todo indica que Ai Khanoum ya existía en época persa y que Alejandro durante sus campañas creó el primer asentamiento griego. Poco después la ciudad al parecer fue destruida y vuelta a levantar en época seléucida por un tal Kineas. Más adelante es posible que la ciudad se viera inmersa en el conflicto entre los seléucidas y los greco-bactrianos. Por último, antes de ser destruida y ocupada por los nómadas, Ai Khanoum tuvo un nuevo apogeo bajo el rey Eucrátides. 

Ai Khanoum, encerrada entre la confluencia de dos ríos y una sólida muralla, contaba con todos los elementos de una ciudad griega, entre los que podemos citar un gimnasio, unos propileos, templos, un complejo palacial, un arsenal, una acrópolis y un gran teatro, único en la región. También se han encontrado sistemas de irrigación e incluso es posible que la ciudad albergara una ceca, lo que demostraría su importancia. 

En este yacimiento se han encontrado un gran número de monedas, estatuas, mosaicos, objetos cerámicos, relojes de sol, una armadura de catafracto y algunas inscripciones en griego, arameo y una en una lengua desconocida. Otro hallazgo muy importante aparecido en las excavaciones de Ai Khanoum es la impronta de un papiro que se cree que contendría un fragmento de una obra perdida de Aristóteles, el Peri Philosophias. 

La siguiente ciudad de la que hablaremos es de Bactria, actual Balkh, al oeste de Ai Khanoum. Esta ciudad, tras ser tomada por Alejandro es posible que cambiara su nombre por el de Alejandría Bactra. Después de varias décadas en poder de los seléucidas, la Bactria helenística fue capital del poderoso reino greco-bactriano hasta que, hacia el año 145 a. C., junto con Ai Khanoum y la mayor parte de Afganistán, fue conquistada por los nómadas yue-chi, algo que Estrabón recuerda cuando dice que: “los nómadas (…) arrebataron la Bactriana a los griegos,...”. También en la Bactriana estarían las ciudades de Amphipolis y Roithia. 

El resto de ciudades griegas de Afganistán son de difícil localización ya que apenas se han excavado los yacimientos. Este es el ejemplo de la Alejandría en el Cáucaso que Alejandro, según Arriano, fundó en la cordillera del Hindu Kush. Algunos autores la localizan en Bamiyán, Parwan, Ghazni o Kandahar. También ha sido identificada con la Alejandría en Opiana y con la Alejandría en Parapamisos de algunas fuentes, así como con la Kapisa posterior. Sin embargo, la mayoría de historiadores sitúa esta ciudad en la moderna Bagram, al norte de Kabul, o bien en algún lugar cercano. En Bagram se han encontrado magníficos vasos de vidrio pintado de origen romano, lo que demostraría hasta donde se extendían las redes comerciales de la Antigüedad. En Bagram o Bamiyán también se suele situar la Tetragonis mencionada por Plinio el Viejo. Igualmente Plinio cita Cadrusos, ciudad fundada por Alejandro en el Cáucaso. 

En los alrededores o en la misma Kabul se suele situar Nicea, ciudad solo mencionada por Arriano en su Anábasis. También al este de Kabul, cerca de Jalalabad, se supone que estaría la ciudad de Nagara, en la cual habría habido una importante ceca del periodo indo-griego. Al sur de Kabul, en la actual Gardez, los historiadores creen que se situó una ciudad que fue importante en época indo-griega, llegando a albergar una ceca. 

Al suroeste de Kabul, en la actual Ghazni, algunos sitúan la Alejandría en Opiana, y a unos 350 kilómetros de esta estaría la Alejandría de Aracosia o Alejandropolis, que la mayoría de historiadores localizan en la ciudad vieja de Kandahar, aunque otros lo hacen en Ghazni. 

Una inscripción griega hallada en Kandahar que menciona a Alejandro hace pensar que hubo una colonia griega en el lugar. En Kandahar también se encontraron dos inscripciones del emperador indio Asoka que, junto a otras tres halladas en otros puntos de Afganistán, demostrarían que al menos la mitad sur del país fue cedida por los seléucidas al Imperio Maurya. También en la región de Aracosia estaría Demetrias, mencionada por Isidoro de Cárax. 

De la siguiente ciudad, la Alejandría en Sakastene, apenas tenemos datos. Según algunos autores estaría situada en Zaranj, en la frontera afgano-iraní, o en Kandahar. En la misma zona, en la Drangiana, estaría la Alejandría Prophthasia, ciudad refundada por Alejandro según Esteban de Bizancio y que se situaría en la moderna Farah, en Zaranj o más al este, en la región de Nad-e Ali. 

Al norte de estas ciudades estaría la Alejandría de Aria o Alejandría de los Arios, como la llama Plinio. A esta ciudad generalmente se la sitúa en la moderna Herat, pero hay quien la localiza más al este, en Obe. Igualmente en Aria sitúa Estrabón otras dos ciudades, Artacena y Acaya. Quizás esta última sea la Heraclea que Plinio dice que fundó Alejandro, que fue destruida y reconstruida por Antíoco con el nombre de Acaya. Y por último, también en Aria sitúa Amiano Marcelino las ciudades de Soteira y de Nísibis.

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martes, 31 de agosto de 2021

FRAGMENTOS DE LAS HISTORIAS DEL EMPERADOR CLAUDIO.

 




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10 HECHOS QUE NO SABÍAS SOBRE CLAUDIO

Es mucho lo que se conoce a través del cine y la literatura sobre el cuarto emperador del Imperio Romano, Claudio, pero a continuación hablaremos de diez hechos de su vida que apenas se conocen. 

Cuenta Suetonio que Claudio escribió, entre otras, dos historias, siguiendo los consejos del famoso historiador Tito Livio, que comenzaban en los tiempos posteriores a la muerte de César, una autobiografía y dos historias en griego sobre los cartagineses y los tirrenos. Quizás pertenecientes a estas obras, o a otras desconocidas, son los fragmentos mencionados por Plinio el Viejo en su Historia Natural. 

En el año 42 d. C., en Dalmacia, por instigación del senador Anio Viniciano, se sublevó contra Claudio el gobernador Camilo Escriboniano, aspirante al trono imperial, aunque fingió ante sus tropas querer restituir la antigua República. Pero a los pocos días, los soldados le retiraron su apoyo y Escriboniano huyó a la isla de Issa, donde se quitó la vida. 

En el año 43 Claudio envió una expedición a Britania, consiguiendo la conquista  de parte de la isla. El mismo fue brevemente a Britania, logrando incluso, según refieren Eutropio y Orosio, la sumisión de las lejanas Islas Orcadas, al norte de Caledonia, actual Escocia. 

De los varios hijos e hijas de Claudio una, Venissa, llama especialmente la atención. Se trata de una figura de historicidad más que dudosa que solo es mencionada en la historia medieval de Geoffrey de Monmouth. Según este autor, Venissa se casó con Arvirargus, un rey britano. 

En el año 47 Claudio celebró los Juegos Seculares para celebrar los 800 años de la fundación de Roma. Para estas conmemoraciones se celebraron espectáculos circenses, carreras de cuadrigas, juegos troyanos y luchas de gladiadores. Más tarde, en el año 52 organizó un gran combate naval, una naumaquia, en el lago Fucino. 

Hacia el año 49 o 50, según Suetonio, Claudio “expulsó de Roma a los judíos, que provocaban alborotos continuamente a instigación de Cresto”. Este nombre sería una forma errónea de llamar a Cristo. Esta noticia aparece corroborada en los Hechos de los Apóstoles, donde se dice que Áquila y Priscila llegaron a Grecia después de la expulsión decretada por Claudio. Sin embargo, Dión Casio dice que Claudio no los expulsó, pero “sí les prohibió que se reuniesen mientras siguieran practicando su ancestral modo de vida”. 

Claudio inició enormes obras durante su gobierno, entre ellas la del puerto de Ostia. Cuenta Plinio la anécdota de que estando el emperador en Ostia apareció una orca y el mismo emperador, con las cohortes pretorianas, la cercaron con redes y la atacaron con lanzas desde navíos, llegando la orca a hundir uno de ellos. 

Durante su reinado, Claudio inventó tres nuevas letras, las conocidas como litterae Claudianae, y las añadió al alfabeto, aunque solo se utilizaron durante su mandato. Antes de ser emperador ya había publicado un libro sobre este asunto, como recuerda Suetonio. La primera letra fue una C vuelta hacia la izquierda o dos ces unidas, la segunda una F invertida y la tercera una especie de H con un solo astil. 

A lo largo de su vida Claudio tuvo varias esposas. En su adolescencia estuvo prometido primero a Emilia Lépida, a la que repudió, y luego a Livia Medulina, que murió el día de la boda. Su primera mujer fue Plaucia Urgulanila, de la que se divorció, que le dio a su hijo Druso y a una hija, Claudia, de dudosa paternidad. Luego se casó con Elia Petina, con la que tuvo a Antonia y de la que también se divorció. Su tercera esposa fue Valeria Mesalina, de la que tuvo a Octavia y a Británico, que fue asesinada debido a sus intrigas. Luego, Claudio, debió elegir entre varias candidatas, una de ellas Petina, su segunda mujer, pero finalmente se casó con su sobrina, Agripina la Menor, madre ya del futuro emperador Nerón. 

Cuentan las fuentes antiguas que Claudio, durante su reinado, estuvo dos veces a punto de renunciar al poder. Una, durante la revuelta de Escriboniano, y otra, cuando detuvieron a un individuo armado que le rondaba. En otra ocasión, durante las intrigas de Mesalina y su amante Silio, Claudio, aterrorizado, llegó a pensar que le habían arrebatado el poder. 

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