miércoles, 29 de junio de 2022
Artículos secretos del Tratado paraguayo-correntino de 1845.
LA GUERRA ENTRE PARAGUAY Y ARGENTINA DE 1845-1846
Como vimos en otro video, en noviembre de 1845 Paraguay y Corrientes se aliaron contra Juan Manuel de Rosas, gobernador de Buenos Aires. Semanas más tarde el presidente paraguayo, Carlos Antonio López, declaró la guerra a Rosas y luego eligió a su joven hijo, Francisco Solano, General en Jefe del Ejército Nacional destinado a Corrientes. En ese mismo momento el Enviado especial de Estados Unidos a Paraguay, Edward Hopkins, ofreció la mediación de su Gobierno para resolver el conflicto con Rosas.
A continuación, a mediados de diciembre, podemos ver al joven López en la Villa del Pilar organizando el ejército que marcharía a Corrientes. En ese momento López tenía más de 2.000 hombres entre infantería y caballería, divididos estos en tiradores y lanceros. El día 20 comenzaron a embarcar las tres divisiones paraguayas creadas, dos de caballería y una de infantería, mientras que otra división de infantería, aún incompleta, aguardaría a la llegada de más tropas.
El 22 por fin las tropas zarparon en 16 buques correntinos. Mientras, López se adelantó hasta Corrientes donde se reunió con el gobernador Joaquín Madariaga y con su hermano, el General Juan Madariaga. Allí se le informó que José María Paz, Director de la Guerra y General en Jefe del Ejército Aliado Pacificador, le esperaba en el Campamento de Villanueva para invadir juntos Entre Ríos y Santa Fe.
El día 26 López se reembarcó y fue río abajo hasta Rincón de Soto, cerca de la ciudad de Goya, desde donde se dirigiría a Villanueva en los próximos días. En este punto, a orillas del río Paraná, López tenía algunas piezas de artillería y casi 2.300 hombres, a los que se sumarían nuevos contingentes durante las siguientes semanas, llegando a alcanzar el ejército paraguayo casi los 5.000 hombres.
En Rincón de Soto López recibió los saludos de Paz a los “valientes paraguayos”, aunque el mismo Paz, en sus Memorias, los llamaría ladrones e insolentes y menospreciaría los conocimientos militares del joven General.
El 2 de enero de 1846 López escribió a su padre para comunicarle que los ingleses que participaban en el bloqueo del Río de la Plata le habían ofrecido armas y municiones. Asimismo, le cuenta que la marcha hacia Villanueva no había comenzado aún por la falta de sables, fusiles, ropa, carretas y caballos, aunque los correntinos le suministrarían miles de estos animales durante la campaña. Poco después, un huracán hundió tres barcos y mató a varios soldados paraguayos.
A mediados de mes las fuerzas de Justo José de Urquiza, hombre de Rosas, comenzaron a penetrar en territorio correntino y obtuvieron su primera victoria en Las Osamentas. Mientras tanto Paz pidió a López que avanzara hacia el río Corrientes. Al mismo tiempo que las tropas de Urquiza perseguían a las de Paz, López llegó al río Santa Lucía, desde donde socorrió al General Madariaga con cuatro compañías.
El 21, el mismo día que Urquiza cruzó el río Corrientes, López había llegado a Yatay Tí Calle, desde donde avanzó al río Batel, lugar en el que se reunió con Paz, quien dividió a las tropas aliadas en dos, por un lado los correntinos y algunos argentinos bajo su mando formaron el Primer Cuerpo del Ejército Aliado Pacificador y por otro lado los paraguayos el Segundo Cuerpo, el cual, falto de entrenamiento, contó con instructores argentinos.
A partir de este momento comenzaron las quejas de López respecto a Paz. Primero porque Paz quería formar un Tercer Cuerpo con tropas paraguayas bajo el mando del Gobernador Madariaga, a lo que López se negó, pero no su padre. Luego porque Paz no le informaba sobre el plan de operaciones. Y por último, porque Paz dispersaba las fuerzas paraguayas sin saber López su destino y las exponía a peligros.
En ese tiempo el Presidente López recibió la comunicación del Enviado británico, William Ouseley, según la cual uno de los objetivos de las fuerzas anglo-francesas que bloqueaban el Río de la Plata era forzar a Rosas a reconocer la independencia de Paraguay. A esto respondió el presidente con la pregunta de si su país podría contar con la cooperación inglesa en la guerra contra Rosas.
Mientras tanto, el día 28, ante el avance de las tropas de Urquiza en Corrientes, los aliados comenzaron a marchar de forma separada hacia el norte, pasando por las proximidades de San Roque y de Tabay, aunque Paz ocultaba el destino final. Según contaría este en sus Memorias, ante la falta de preparación del ejército, decidió retirarse y evitar enfrentarse a Urquiza, así las tropas enemigas se agotarían en la persecución y sería más fácil batirlas en el momento y lugar oportuno, preferiblemente en los esteros del norte, donde los enemigos quedarían encajonados.
Ese mismo día 28 López supo que guerrillas paraguayas se habían enfrentado con éxito a los enemigos, causándoles varias bajas. El 30 Paz ordenó a López que ambas columnas se reunieran para maniobrar contra las fuerzas de Urquiza.
El 1 de febrero el Presidente López informó a su hijo que varios buques de la flota anglo-francesa se estacionarían en el litoral correntino y prestarían auxilios al Ejército Aliado. Poco después Paz pidió al Presidente López que enviara tropas a la Tranquera de Loreto para proteger a la población desplazada por el avance del enemigo. Asimismo, algunos puntos paraguayos al sur del Paraná fueron reforzados.
El día 4 la vanguardia correntina, encargada de hostilizar al enemigo, fue derrotada en Laguna Limpia y el General Juan Madariaga fue hecho prisionero. El 6 el presidente paraguayo ordenó llevar a cabo una política de tierra quemada y trasladar a la población correntina hasta la otra banda del Paraná si las partidas de Urquiza llegaban a la Tranquera de Loreto.
El día 8 López, tras pasar al norte de San Miguel, se encontraba en Barranquera, a orillas del Paraná, mientras el enemigo le acechaba. El 10 el Gobernador Madariaga comunicó a Paz la intención de Urquiza de negociar, lo que enojó al Director y le distanció del Gobernador.
El 13, desde Ibahay, López escribió a su padre para comunicarle que, a parte de algunas acciones de guerrilla, no se habían enfrentado al enemigo pese a estar cerca, y que cuando ya estaban listos para presentar batalla, el ejército de Urquiza comenzó a retirarse. Ese mismo día el Presidente López, desconocedor de la retirada de Urquiza, ordenó guarnecer los pasos ante el peligro de una incursión enemiga. Durante los siguientes días los aliados estuvieron persiguiendo hacia el suroeste a las fuerzas de Urquiza.
En esas fechas López fue conocedor de que Urquiza pretendía hacer las paces con los Madariaga al margen de Paz y de los paraguayos. López cuenta en su correspondencia que en su retirada el enemigo había dejado atrás más de 3.000 caballos, muchos de ellos degollados, y que él tuvo que dejar a más de 400 hombres enfermos en Caá Catí.
El día 23, mientras López se encontraba en San Roque, le confirmaron que Urquiza, acampado en Capita Mini, había hecho proposiciones de paz al Gobernador Madariaga, aunque este no se lo había comunicado al Gobierno paraguayo aún. Poco después Urquiza se retiraría al otro lado del río Corrientes y luego a Entre Ríos.
En aquellas fechas López escribió a su padre lo siguiente: “el Director de la Guerra sé que está pensando destinarme a ocupar la ciudad del Paraná con una columna de dos mil hombres para fortificarla y poner una guarnición fuerte. En seguida, me dicen que piensa marchar sobre la misma Capital”. El Presidente López respondió desaconsejando llevar la guerra a Entre Ríos, pues si había sido imposible defender Corrientes más difícil sería conquistar y defender la ciudad de Paraná.
El día 28 López tuvo que hacer frente a una revuelta de parte de sus tropas mientras se dirigía a Villanueva. Según cuenta el joven General, tres escuadrones de la vanguardia se sublevaron, a lo que él respondió alistando cuatro escuadrones de caballería contra ellos, y cuando a punto estaba de producirse una batalla entre paraguayos, los sublevados entregaron a los cabecillas y se rindieron. López entonces los juzgó de inmediato y fusiló a los cuatro cabos responsables del motín.
El 1 de marzo las fuerzas paraguayas alcanzaron a la retaguardia enemiga en Mocoretá y, tras una escaramuza en la que la caballería urquicista fue acuchillada, les tomaron armas y 200 caballos. El día 7 se encontraba López en el Campamento de Villanueva, cerca de la actual Mercedes, desde donde comunicó a su padre que continuaban las intrigas entre el enemigo y el Gobernador Madariaga, el cual le había pedido que detuviera su avance.
Días después podemos ver en la correspondencia de López que las discrepancias entre Paz y Madariaga seguían por las negociaciones con Urquiza. Además, en aquellas fechas el Cuerpo correntino del ejército Aliado había sido licenciado, solo quedando los paraguayos, a los que se habían unido algunos correntinos.
Desde mediados de mes López fue conocedor de las intrigas de Paz y del Congreso correntino contra Madariaga y se quejaba de que los hombres del Director comandaban tropas paraguayas en destinos que él desconocía y que le quedaban pocos soldados bajo su mando directo. También se quejaba López de los ultrajes a los que Paz y el coronel Indalecio Chenaut sometían a los paraguayos.
En esas fechas, y fruto de la mediación de Estados Unidos, Rosas ofreció reconocer la independencia de la provincia de Paraguay pero dentro de la Confederación Argentina bajo los términos del Pacto Federal de 1831, siendo esto tratado de “cómica ocurrencia” en El Paraguayo Independiente.
A finales de mes Paz maniobró para que el Congreso de Corrientes destituyera a Madariaga. Este se preparó para marchar contra los congresistas, a los que amenazó con degollar, y Paz respondió enviando al General José Domingo Ábalos para proteger a los congresistas. Entretanto, López se mantuvo neutral y consiguió que le devolvieran el mando sobre la mayoría de las tropas paraguayas.
A principios de abril López comenzó a moverse hacia el norte, hacia la frontera paraguaya. En esos días Madariaga consiguió controlar la situación en Corrientes, el Congreso fue disuelto, Paz fue destituido como Director de la Guerra y huyó a Paraguay con algunos de sus hombres, su escolta paraguaya y varios congresistas correntinos. Debido a estos desordenes el Presidente López ordenó a su hijo que mantuviera la neutralidad y mandó evacuar a los enfermos de Caá Catí.
Al mismo tiempo, Madariaga mandó a Asunción a un enviado con el propósito de acordar con el Presidente López negociar con Urquiza para alejarlo de Rosas. Además se debía acordar el nombramiento de un nuevo General en Jefe del Ejército Aliado, aumentar las tropas paraguayas hasta los 8.000 hombres y enviar un comisionado a Bolivia para negociar una alianza contra Rosas. Por entonces, el Presidente López, arrepentido de la Alianza con Corrientes por el conflicto surgido entre Paz y Madariaga, se negó a las peticiones del Gobernador.
El día 19 López se encontraba en Arroyito y pretendía avanzar hacia el Paraná a pesar de que Madariaga quería retenerlo en ese lugar. A principios de mayo López ya había llegado a Yahapé, en la costa del Paraná, donde fue conocedor de una posible conspiración de los soldados correntinos contra Madariaga por pactar con Urquiza.
El día 6 las tropas paraguayas comenzaron a cruzar con dificultad el río hacia su país mediante canoas y lanchones. Durante los siguientes días las tropas, junto con varios oficiales correntinos enrolados en el ejército paraguayo, continuaron cruzando el río. Finalmente, el pasaje del ejército concluyó a mediados de mes, pero permaneció acampado en Cerrito durante algunas semanas más.
Por entonces el Presidente López ya daba por muerta la alianza con Corrientes y la estéril mediación de Estados Unidos. El día 24 el Presidente decretó que se conservara en Cerrito un ejército de 3.000 hombres mientras que el resto sería licenciado. El joven López pretendía seguir instruyendo a estas tropas para hacer frente a una posible invasión de Paraguay.
Pero la guerra no acabó con la retirada paraguaya y como veremos en otros videos, esta no fue la última vez que los paraguayos intervinieran en la provincia de Corrientes.
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miércoles, 22 de junio de 2022
1600-1601, EL PLAN MARROQUÍ PARA CONQUISTAR AMÉRICA
A lo largo de la historia de la América española fueron muchas las potencias extranjeras que intentaron invadir o invadieron aquellos territorios, pero es casi desconocido el plan marroquí para atacar y colonizar las Indias Occidentales.
Durante la década de 1580 las relaciones de Inglaterra y España empeoraron hasta desencadenar una guerra que tuvo su punto álgido con la Armada Invencible en el año 1588. Isabel I quiso a su vez atacar España por lo que en 1589 se alió con el Sultán de Marruecos, Mulay Ahmad al-Mansur, y con el pretendiente de Portugal, Antonio, prior de Crato. Todos odiaban a Felipe II, Isabel quería acabar con el poder de su excuñado, al-Mansur ambicionaba reconquistar al-Andalus y el Prior de Crato quería ser rey de Portugal.
Los ingleses lanzarían hacia la península una Contraarmada con la ayuda de las fuerzas marroquís, sin embargo, llegado el momento, el Sultán no acudió en ayuda de la armada isabelina, que fracasó en su ataque. Esto hizo que durante años las relaciones anglo-marroquís se enfriaran. A pesar de esto, durante ese tiempo los ingleses y los marroquís mantuvieron contactos para sumar a su alianza antiespañola a franceses, turcos y holandeses.
Con el tiempo las relaciones anglo-marroquís volvieron a estrecharse y en el año 1600, en época de Felipe III, el Sultán de Marruecos envió a Inglaterra una embajada encabezada por Abd al-Wahid Annum para negociar con Isabel una nueva alianza contra España. En septiembre la Reina se entrevistó con el enviado marroquí el cual, según un documento inglés, ofrecía por su cercanía el territorio de Marruecos para atacar España. Además, ponía a disposición de Isabel la infantería, la caballería, la pólvora y todo lo necesario para hacerle la guerra a España.
Y no solo eso, proponía también la posibilidad de atacar las posesiones españolas de ultramar. Decía que si se aceptaba la alianza entre ambos monarcas, también se le podrían arrebatar las Indias de Oriente y de Poniente a Felipe, lo que debilitaría al rey de España, pues su fuerza viene de aquellos territorios. Para tomar las Indias, el enviado marroquí ofrecía la infantería de su país, habituada al calor y que hacía poco tiempo había conquistado parte del Imperio Songhai. A continuación, al-Wahid exhortaba a la Reina a enviar un embajador al Sultán para tratar el proyecto de atacar las Indias.
Tiempo después, en febrero de 1601 el Sultán al-Mansur escribió a Isabel una carta en la que se profundizaba en los planes contra España. El Sultán de Marruecos hacía hincapié en la idea de conquistar las Indias españolas, pues es de allí de donde extrae su poder el rey Felipe. Además, el dominio de esos territorios sería de gran beneficio y reputación para la alianza anglo-marroquí. Para llevar a cabo el plan, al-Mansur entregaría a Isabel 100.000 libras que le serían entregadas de forma secreta y segura para que los españoles no lo descubrieran y tuvieran tiempo de preparar su defensa.
A continuación, en su misiva, el Sultán decía que su intención no era que las fuerzas anglo-marroquís atacaran y saquearan las Indias, sino poblarlas y dominarlas para siempre, y proponía que aquellas tierras fueran pobladas por sus tropas, más habituadas a los climas calurosos.
Asimismo, al-Mansur mencionaba la necesidad de dividir el territorio y las rentas entre ambos países, para lo cual pedía a Isabel que le enviara a una persona con la cual discutir y acordar todo esto. Por último, apuntaba el Sultán que la conquista de las Indias españolas por los marroquís alegraría a otros príncipes musulmanes, los cuales serían así atraídos a la alianza anglo-marroquí.
A pesar de estos ambiciosos planes, Isabel no se dejó cautivar por la oferta. Tiempo después, en 1603, morían ambos soberanos y aquellos planes cayeron en el olvido.
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miércoles, 15 de junio de 2022
La guerra de Marco Antonio contra Berenice IV, hermana de Cleopatra VII (Plutarco, Vidas Paralelas, Antonio, 3, 4-11).
Después de esta campaña, Tolomeo pidió a Gabinio que, a cambio de unos diez mil talentos, invadiese Egipto y le restituyera el poder real; pero la mayoría de sus generales mostraron su desaprobación y, aunque, en su fuero interno, Gabinio se sentía subyugado por esos diez mil talentos, sin embargo ponía reparos a entrar en liza. Pero Antonio, ansioso de grandes proezas y queriendo complacer a Tolomeo, se unió a él para convencer a Gabinio y movilizar su ejército para emprender la expedición. El riesgo de esta campaña estribaba en la vía de entrada de Pelusio, ya que la marcha discurría a través de un desierto seco y profundo, sobre todo por entre una depresión del terreno donde se encontraban unas marismas que formaban el lago Serbonio, lugar que los egipcios llaman los respiraderos de Tifón, y que parece que es una filtración subterránea del mar Rojo, que se extiende en la parte más estrecha del istmo que lo separa del mar. Pero Antonio, enviado al frente del ejército de caballería, no sólo tomó posesión de los estrechos, sino que incluso llegó a capturar Pelusio, una ciudad de importancia, y las atalayas de alrededor, al mismo tiempo que hacía más seguro el paso de la expedición y más cercana la esperanza de la victoria.
Incluso sus enemigos sacaron provecho del deseo de gloria de Antonio, ya que Tolomeo a su entrada en Pelusio, movido por la cólera y el odio, estaba resuelto a masacrar a los egipcios, pero Antonio se opuso y lo impidió. En las batallas y en los grandes enfrentamientos, que se sucedieron con frecuencia y fueron numerosos, Antonio siempre dio muestras de su gallardía y de una sagacidad propia de un general. Especialmente brillante fue aquella ocasión en la que, con su decisión de cercar y rodear por la espalda a los enemigos, aseguró la victoria a los que estaban de frente, con lo que consiguió recompensas y distinguidos honores.
Tampoco a sus enemigos se les pasó por alto el trato humanitario que recibió Arquelao a su muerte. A pesar de que en vida había sido su amigo y huésped, Antonio se había visto obligado a combatir contra él, y cuando encontró su cadáver, le honró con un funeral digno de un rey. Antonio dejó tras sí un muy grato recuerdo de su campaña en la mente de los alejandrinos y los soldados romanos que participaron en la expedición le otorgaron esa fama de hombre glorioso.
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BERENICE IV, REINA DE EGIPTO Y HERMANA DE CLEOPATRA VII
Es poco conocido que años antes de que la famosa Cleopatra reinara en Egipto su hermana mayor, Berenice IV, destronó a su padre, se enfrentó a los romanos y reinó en el país del Nilo durante tres años.
A mediados del siglo I a. C. Egipto era un reino decadente que hacía tiempo que había perdido sus posesiones en la zona sirio-palestina, en Asia Menor y el Egeo. Más recientemente la Cirenaica y Chipre habían pasado a manos romanas y Egipto era víctima de las injerencias de Roma. Es en esta convulsa época cuando Berenice llegó al poder.
Cuenta Dion Casio que el rey de Egipto, Ptolomeo XII Auletes, “para asegurar su posición y contarse entre los amigos y aliados de Roma (…) había distribuido entre algunos romanos abundantes sumas (…) cuyo pago hacía recaer violentamente sobre los egipcios. A este motivo de impopularidad se añadía la negativa a reclamar Chipre a los romanos e incluso, según solicitaron sus súbditos, a renunciar a la amistad romana. Y como (el rey) no podía ni convencerlos ni forzarlos a permanecer en paz, (ya que no disponía de mercenarios), huyó de Egipto” en el año 58 y se dirigió a Roma. Según otras versiones, aprovechando una estancia de Ptolomeo en Roma sus hijas se hicieron con el trono de Egipto, aunque esto no está claro.
Estrabón cuenta que fue elegida reina Berenice, la única hija legítima de Ptolomeo. Mientras que Dion Casio dice por error que Berenice era la hermana de Ptolomeo. Sin embargo, todo indica que Berenice compartió el trono con su madre, Cleopatra V Trifena, o con una supuesta hermana conocida como Cleopatra VI Trifena. Aunque es posible que ambas mujeres fueran la misma persona.
Luego, los alejandrinos enviaron una embajada a Siria para pedir que Antíoco, quizás el ex rey seléucida Antíoco XIII, fuera a Egipto a reinar junto a las hijas de Ptolomeo, pero este enfermó y murió. A continuación, hacia el año 57, Filipo II, un exrey seléucida, intentó ir a Egipto para gobernar allí, pero Aulo Gabinio, gobernador romano de Siria, se lo impidió. Poco más tarde murió Cleopatra, lo que hace pensar que ella y Berenice quizás se enfrentaron y eso le costó la vida. De este modo Berenice se convirtió, como atestiguan algunos papiros, en única reina de Egipto.
Después, Berenice, para asegurar su posición, hizo venir desde Siria a un tal Seleuco, al parecer uno de los últimos seléucidas. Berenice se casó con él, lo hizo su consorte y con él compartió el reino y la guerra venidera. Por su parte, Estrabón dice que el marido de Berenice en realidad simulaba pertenecer a la familia de los seléucidas y le llama Cibiosactes, un insulto que viene a significar algo así como “vendedor de pescado”.
Según interpretaciones modernas, este Seleuco sería el Seleuco VII que años atrás quizás reinó sobre el pequeño reino seléucida de Siria junto a su madre, la egipcia Cleopatra Selene. Sea como fuere, cuenta Dion Casio que Berenice dio muerte a su esposo pues nadie le tenía en cuenta. Por su parte, Estrabón dice que Berenice “lo hizo estrangular pocos días después (de la boda) pues no soportaba su vulgaridad y servilismo”.
Mientras tanto, Ptolomeo, previo paso por Rodas y Atenas, había llegado a Roma, donde fue recibido por Pompeyo Magno, que lo recomendó al Senado y puso en marcha su restauración organizando una expedición que iba a capitanear Espínter, Procónsul de Cilicia.
Poco después los egipcios enviaron una embajada a Roma para contrarrestar los movimientos de Ptolomeo ante el Senado romano. Según Dion Casio, Ptolomeo hizo matar a la mayoría de los enviados antes de que llegaran a Roma, pero según Estrabón, la orden habría partido de Pompeyo.
A continuación, cuenta Dion Casio que en el año 56 un rayo cayó sobre una estatua de Zeus, lo que fue tomado como un mal presagio y retrasó el inicio de la campaña contra Berenice. Luego fueron consultados los Libros Sibilinos y se descubrió un pasaje que decía así: “si llega el rey de Egipto en petición de ayuda, no se le niegue la amistad, pero tampoco le asistáis con tropa alguna. De lo contrario, tendréis penalidades y zozobras”. Por tanto, quedó suspendida la campaña de Espínter.
Luego surgieron discusiones entre los romanos. Unos querían que Ptolomeo regresara a Egipto junto a Espínter, pero sin tropas. Otros pensaban que debía ser acompañado por Pompeyo, pero finalmente el Senado se opuso a ambas propuestas. De este modo, abandonado por sus aliados, Ptolomeo renunció a volver a Egipto por el momento y se instaló en Éfeso.
Mientras, Berenice ofreció su mano a un tal Arquelao, sacerdote en Comana e hijo de Arquelao, general de Mitrídates el Grande. En ese tiempo Gabinio se encontraba en Siria preparando una campaña contra los partos, allí, según Dion Casio, llegó Ptolomeo con cartas de Pompeyo y con promesas de grandes recompensas si se le ayudaba a recuperar el trono. Por su parte, cuenta Plutarco que Ptolomeo entregó a Gabinio 10.000 talentos a cambio de su ayuda.
Gabinio, dubitativo, fue convencido finalmente por el joven Marco Antonio, futuro amante de Cleopatra VII, la hermana de Berenice. Entonces Gabinio abandonó los preparativos contra los partos y marchó hacia Egipto de forma ilegal, pues no tenía permiso del Senado.
Cuenta Dion Casio, que estando aún en Siria, Gabinio había hecho capturar a Arquelao, pero lo liberó pensando que así la recompensa ofrecida por Ptolomeo sería más grande al tener que enfrentarse no solo a Berenice, sino también a su esposo. Además, según el mismo historiador, Arquelao habría sobornado a Gabinio, el cual “lo dejó ir, aunque hizo como si se hubiese escapado”. De este modo pudo Arquelao llegar a Egipto y ser proclamado rey junto a Berenice.
Por su parte, Gabinio, de camino a tierras egipcias, capturó al rey Aristóbulo II de Judea e impuso un tributo a los judíos. Ya, en el año 55, Gabinio y su ejército llegaron a Pelusio, al este del Delta del Nilo. Según Plutarco, Marco Antonio, jefe de la caballería romana, capturó Pelusio. Luego se sucedieron varias batallas, incluida una fluvial, en las que los egipcios fueron derrotados. A continuación, Gabinio llevó a cabo numerosas ejecuciones, entre ellas la de Arquelao, aunque Plutarco dice que murió luchando contra su amigo Marco Antonio, el cual le honró con un funeral digno de un rey.
Por último, Gabinio ya dueño de todo Egipto, se lo entregó a Ptolomeo. A continuación, según Dion Casio, Ptolomeo dio muerte a su hija Berenice y a la gente más rica y principal, ya que necesitaba dinero en abundancia. Debió ser en aquella época, según Apiano, cuando estando en Alejandría Marco Antonio puso sus ojos en la hermana de Berenice, la joven Cleopatra, aunque esa es otra historia.
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sábado, 11 de junio de 2022
Decreto boliviano para armar buques corsarios contra España en 1866.
LAURA, UN CORSARIO BOLIVIANO EN LA GUERRA DEL PACÍFICO
Durante la Guerra del Pacífico tuvieron lugar grandes y conocidos hechos de armas, sin embargo hay algunos episodios poco conocidos de este conflicto, como el intento boliviano de usar barcos corsarios contra Chile.
Entre febrero y marzo de 1879 las tropas chilenas ocuparon Antofagasta y el resto del litoral boliviano. Como respuesta, el Presidente de Bolivia, Hilarión Daza, emitió un decreto autorizando el corso contra las naves chilenas. Bolivia, sin apenas tradición marítima, ya había permitido el corso en 1866 durante su guerra contra España. En esta ocasión, según el decreto de Daza, se autorizaba a los corsarios bolivianos a apresar todos los buques chilenos, así como sus cargas.
Ese mismo día, Joaquín Godoy, representante diplomático de Chile en Lima, informaba a su Gobierno que el coronel boliviano Aramayo iba a viajar a los Estados Unidos para colocar patentes de corso allí, aunque por lo que sabemos solo compró rifles.
Semanas después varios países, principalmente Estados Unidos, protestaron por el peligro que el corso podría entrañar. Finalmente el corso boliviano no actuó durante la guerra, sin embargo, hay noticias de que justo antes de que el decreto de Daza se expidiera, un barco llegó a armarse contra los chilenos.
En algún momento indeterminado de marzo de 1879 cinco marinos peruanos se pusieron de acuerdo con los diplomáticos bolivianos en Lima para organizar, a costa de la marina chilena, una escuadra de cruceros bajo bandera boliviana. Primero compraron el vapor Laura, ya que con su “reducido porte y débil construcción no podía inspirar recelo”. Lo proveyeron del carbón y de los “víveres necesarios para el viaje que debía hacer”. “Se procuraron ocho piezas de artillería rayada para armarlo en guerra” y se “contrataron los oficiales de mar y numerosos tripulantes que demandaba la realización de la empresa”.
Según la biografía de uno de estos cinco marinos, Guillermo García y García, aparecida en la Revista Peruana a finales de 1879, el objetivo del Laura, que se bautizaría como Antofagasta, sería capturar el vapor chileno Itata, de la Compañía Sud Americana de Vapores, en las proximidades de la isla de San Lorenzo, frente al Callao, el 22 de marzo.
A continuación, ambos barcos navegarían hacia el sur y deberían capturar el vapor Loa, de la misma compañía, a su paso por la isla de San Gallán, al suroeste de Pisco. Una vez armados ambos vapores, los conspiradores pretendían navegar hacia el sur y capturar el Rímac a su paso por Arica.
La captura de estos tres barcos, que serían utilizados para el transporte de tropas chilenas durante la guerra, habría causado un gran daño a Chile, sin embargo, el plan fue descubierto por el Gobierno de Perú. De inmediato el Jefe del Estado Mayor hizo llamar a Guillermo García y le pidió que abandonara sus planes, pues por entonces Perú intentaba mediar entre bolivianos y chilenos. También le solicitó que desarmara el Laura bajo la advertencia de que si intentaba salir del Callao sería echado a pique por el Huascar.
Semanas más tarde, ya comenzada la guerra entre Chile y Perú, García moriría en el combate naval de Punta Gruesa. Por su parte, la siguiente noticia que tenemos del Laura es que Zoilo Flores, Enviado Extraordinario boliviano en Lima, escribió en junio a Manuel Irigoyen, Ministro de Relaciones Exteriores de Perú, para comunicarle que su legación había hecho entrega a la Comandancia General de Marina de los víveres comprados para este vapor. Flores finalizaba su carta lamentando que la mediación peruana hubiera malogrado la expedición del Laura, que podría haber capturado varios vapores chilenos que en ese momento se utilizaban en la guerra.
La última noticia que tenemos sobre el Laura es que en enero de 1881, tras la Batalla de Miraflores, para evitar que cayera en manos chilenas fue hundido junto a otros barcos por los peruanos en El Callao, justo antes de la ocupación de Lima.
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martes, 31 de mayo de 2022
25 de febrero de 1942, el U-156 hunde al sur de Puerto Rico el petrolero británico La Carrière
1942, LA ALEMANIA NAZI BOMBARDEA PUERTO RICO
Aunque pudiera parecer que Puerto Rico estuvo alejado de los campos de batalla durante la Segunda Guerra Mundial, la realidad es muy distinta. En el marco de la guerra submarina emprendida por la Alemania nazi, durante la Batalla del Atlántico, fue lanzada en 1942 la “Operación Neuland” que tenía como objetivo atacar los barcos mercantes y los petroleros que navegaran por el Caribe. Fue durante esta campaña cuando una pequeña isla de Puerto Rico fue bombardeada por un submarino alemán.
En enero el submarino alemán U-156, comandado por Werner Hartenstein, partió hacia el Caribe. El 16 de febrero este sumergible junto a otros 6 atacaron la refinería de Aruba. En esta acción el U-156 hundió un barco y dañó otros dos.
Durante los días posteriores el U-156 hundió otros 4 barcos, incluido un petrolero al sur de Puerto Rico y un mercante al norte de la República Dominicana.
La noche del día 2 de marzo el U-156 se aproximó a Isla de Mona, una isla situada a unos 70 kilómetros al oeste de Puerto Rico. Según las informaciones, desde una distancia de unas dos millas al sur de la isla y aprovechando la noche, el U-156 emergió y desde la superficie bombardeó Mona con uno de sus cañones de cubierta, lanzando cerca de 30 proyectiles. Isla de Mona se convirtió así en el primer territorio estadounidense del Atlántico atacado durante la Segunda Guerra Mundial.
El Gobernador de Puerto Rico, Rexford Tugwell, informaría poco después que en la isla, casi deshabitada, se encontraban unos 170 muchachos en un campamento juvenil, aunque ninguno resultó herido ya que los proyectiles cayeron sobre los acantilados. Aún así, el responsable del campamento solicitaría protección inmediata.
Poco después, patrullas navales y aéreas estadounidenses comenzaron a buscar al submarino alemán, aunque no lo encontraron y este pudo regresar a su base en Lorient, en la Francia Ocupada, desde donde inició nuevas expediciones a aguas americanas, siendo hundido finalmente en marzo de 1943 al oeste de Barbados por un avión estadounidense.
Pero el ataque a Isla de Mona no fue la única acción de guerra llevada a cabo por los submarinos nazis en las proximidades Puerto Rico. Al sur de Mona fue hundido el 6 de junio el petrolero de bandera panameña C. O. Stillman. Poco después, en el Canal de la Mona fue hundido el barco estadounidense Cheerio. Más tarde, el 5 de junio de 1944, en la costa noroeste de Puerto Rico fue hundido el mercante de bandera panameña Pillory.
Para finalizar, y como curiosidad, hay que señalar que en 1944 Estados Unidos botó el USS Mona Island, un barco que estuvo destinado en Pacífico durante la guerra contra Japón.
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sábado, 21 de mayo de 2022
La batalla de Curupaytí (1866) según Bartolomé Mitre.
LA BATALLA DE CURUPAYTÍ (1866): LOS ALIADOS CONTRA PARAGUAY
El 22 de septiembre de 1866 la Triple Alianza sufrió un descalabro en las trincheras de Curupaytí de tal magnitud que a punto estuvo, como veremos, de romper la coalición y dar la victoria en la guerra a los paraguayos.
Todo empezó en Curuzú. Tras la toma del Fuerte de Curuzú por parte de los brasileños a principios de septiembre, los ejércitos aliados, en lugar de proseguir su avance y tomar fácilmente la batería de Curupaytí, como habían pensado en mayo y como acordaron en agosto, permanecieron inactivos mientras sus líderes discutían los planes a seguir, aunque su escuadra siguió bombardeando las posiciones paraguayas.
El día 8 se reunieron Bartolomé Mitre, Presidente de Argentina y General en Jefe de los aliados, Venancio Flores y Polidoro Jordão y planearon atacar Curupaytí el día 17. La escuadra bombardearía las posiciones paraguayas para inutilizar su artillería. Luego, un ejército de 18 o 20.000 hombres atacaría las líneas paraguayas mientras que la caballería aliada, comandada por Flores, rodearía a los paraguayos por su izquierda y provocaría una batalla en la retaguardia que permitiría tomar Curupaytí y a continuación seguir hasta Humaitá. Por último, el Mariscal Polidoro aguardaría con el resto del ejército para poder acudir al frente en caso necesario. Poco después el Barón de Porto Alegre y el Almirante Tamandaré darían su visto bueno a este plan.
Mientras tanto, aprovechando la inactividad aliada, los paraguayos primero se establecieron en una trinchera a medio camino entre Curuzú y Curupaytí, pero el día 8 el Mariscal López, para proteger Humaitá, ordenó la fortificación de Curupaytí. Los planes de fortificación se atribuyen a Francisco Wisner de Morgenstern y a George Thompson, aunque el Coronel paraguayo Centurión en sus Memorias niega la autoría de este último. De inmediato se aumentó la guarnición y de día y de noche se excavaban trincheras, se cortaban árboles y se construían plataformas para los cañones.
A continuación, según cuenta Centurión, para ganar tiempo con el que acabar las fortificaciones de Curupaytí, López propuso a Mitre una entrevista. De este modo, durante un par de días se interrumpieron los bombardeos aliados y el día 12 tuvo lugar una conferencia entre ambos presidentes en Yataytí Corá, aunque esta no sirvió para alcanzar un arreglo pacífico. Ese mismo día las tropas argentinas se trasladaron hasta Curuzú, donde los ejércitos aliados acamparon.
El día 16 los aliados colocaron una batería a unos 400 metros de los paraguayos. El 17, según cuentan Centurión y el argentino Francisco Seeber, estaban listos para atacar pero el mal tiempo lo impidió, aún así, bajo una copiosa lluvia que duró tres días, se llevó a cabo un reconocimiento de las líneas paraguayas. El 18 se repitió la misma operación, aunque como cuenta Seeber, el reconocimiento fue insuficiente. El día 21, Thompson inspeccionó las fortificaciones de Curupaytí y dio su visto bueno.
Por fin, el 22 llegó el momento del ataque. Como veremos a continuación, el Fuerte de Curupaytí se presentaba casi inexpugnable. Frente al Fuerte de Curuzú, a un kilómetro y medio aproximadamente, se encontraban las defensas paraguayas de Curupaytí que formaban un frente fortificado de unos dos kilómetros.
El territorio entre Curuzú y Curupaytí estaba encuadrado a la izquierda por el río Paraguay y a la derecha por una laguna poco profunda llamada López o Méndez. Esta laguna comenzaba a la derecha de las posiciones aliadas y llegaba hasta las líneas paraguayas, para luego girar en dirección al río y cubrir el centro y la derecha del frente. En la orilla derecha de la laguna se encontraban otras fortificaciones paraguayas, lo que hacía imposible flanquear el Fuerte de Curupaytí.
El terreno entre Curuzú y Curupaytí, anegado por las lluvias de aquellos días, salvo algunas elevaciones, era por lo general llano, con partes arboladas y el resto estaba cubierto por maleza. A un kilómetro de Curuzú comenzaban las defensas paraguayas. Primero había, tras un parapeto de tierra, una trinchera que comenzaba en el río y discurría en paralelo a este y luego giraba hacia la derecha, hasta la laguna López, donde enlazaba con una línea de abatís, que consistía en una barricada de árboles cortados con las ramas aguzadas y vueltas hacia el enemigo.
Después, hasta la siguiente defensa paraguaya, había un espacio de unos 300 metros plagado de zanjas y hoyos con estacas en el fondo conocidos como “bocas de lobo” que fueron rellenados de espinas. A continuación, se encontraba una segunda línea de abatís dividida en dos partes, la primera ocupaba la parte central del frente y la segunda, unos 50 metros más adelante, iba desde el río hasta el centro del frente.
Detrás de los abatís se encontraba un profundo foso con estacas en su interior. Tras el foso se levantaba un grueso muro de tierra con barbetas o espacios abiertos para la artillería. Detrás de este muro se excavó un foso interior donde se protegían las tropas paraguayas y sobre plataformas se colocaron dos baterías de coheteras Congreve y 49 cañones de varios calibres, algunos de los cuales habían sido capturados a los uruguayos en la Batalla de Estero Bellaco.
Luego, en la retaguardia, se construyeron varios polvorines subterráneos. Por último, todo el complejo defensivo estaba defendido 5.000 tropas de infantería y una división de caballería, ambas armas bajo el mando de José Eduvigis Díaz.
Seguidamente, todo este dispositivo terrestre enlazaba con la fortificación fluvial que cortaba el paso a la flota aliada. Primero, la línea fortificada de Curupaytí continuaba sobre la situación elevada de la barranca que discurría a lo largo de la orilla del río y en la que habían varios cañones que amenazaban a las naves imperiales.
A continuación, el río estaba cortado por varios elementos defensivos como una línea de estacas, minas o torpedos, damajuanas que simulaban sostener torpedos y, según Thompson, buques sumergidos. También había brulotes, es decir, viejas naves cargadas con materiales inflamables listas para ser lanzadas contra los buques enemigos y aguas arriba, los barcos paraguayos representaban la última línea defensiva.
Según Centurión, aquella mañana, a primera hora, los 22 buques brasileños, con más de 100 cañones, comenzaron un bombardeo sobre Curupaytí que duró cuatro horas. A eso de las 10 y media, tras ser atacados por las baterías aliadas, los paraguayos abandonaron la primera trinchera. A medio día tres acorazados brasileños avanzaron aguas arriba forzando la barrera de estacas y atacaron la retaguardia paraguaya, aunque sin mucho éxito debido a la altura de la barranca. Al mismo tiempo las baterías paraguayas del río causaron diversos daños en las naves brasileñas. De este modo, durante toda la batalla los aliados dispararon 5.000 balas de cañón por 7.000 de los paraguayos.
Poco después los aliados comenzaron a avanzar mediante cuatro columnas. A la izquierda los brasileños dirigidos por Porto Alegre y a la derecha los argentinos. La primera columna brasileña, comandada por Augusto Caldas, estaba conformada por infantería y caballería a pie y atacó por la parte más cercana al río.
La segunda columna brasileña, dirigida por Albino Carvalho, estaba compuesta de infantería, caballería a pie y artillería y atacó por el centro junto a la tercera columna, argentina y formada por infantería, comandada por el General Paunero. Por último, la cuarta columna, argentina y comandada por Mitre, estaba compuesta por infantería y algunas piezas de artillería, atacó por la derecha. Además, uno o dos batallones brasileños fueron apostados en la orilla opuesta del río para hostilizar a los paraguayos con sus rifles. En total las fuerzas aliadas estaban compuestas por unos 18.000 hombres.
Los aliados, protegidos por el fuego de su propia artillería y de la escuadra, avanzaron con dificultad por el barro hacia Curupaytí. Cuando llegaron a campo abierto se encontraron expuestos y, según Centurión, los cañones paraguayos abrieron fuego “con fragor espantoso que hacía temblar la tierra (…) sembrando en sus filas confusión y muerte”. Aún así, los aliados llegaron a la primera trinchera y la cruzaron con puentes hechos con árboles.
A partir de ese momento “las bombas, las balas rasas y metrallas que vomitaban” los cañones paraguayos comenzaron a abrir claros en las columnas aliadas, donde los hombres eran hechos pedazos y se levantaban columnas de agua mezclada con sangre. Sin embargo, como podemos ver en los cuadros del pintor argentino Cándido López, que participó en la batalla, las columnas aliadas, destrozadas, consiguieron llegar hasta la segunda línea paraguaya.
Allí los aliados lograron abrir unas cuantas brechas entre los abatís y asaltar las posiciones enemigas con las escalas que portaban, plantando algunas en el foso y penetrar hasta la cresta del parapeto paraguayo, pero sin lograr cruzar bayonetas con los paraguayos, aunque hay noticias de que los brasileños consiguieron penetrar en Curupaytí por la izquierda y tomar 4 piezas de artillería antes de ser rechazados, sin embargo, Centurión lo niega.
Entre una densa atmósfera de humo y polvo, el olor a sangre, pólvora y azufre, las estelas de los cohetes Congreve, las arengas de los jefes y los gritos de los heridos, los soldados aliados caían frente a la trinchera o dentro de ella víctimas del fuego cruzado de los cañones y de la fusilería paraguaya, en algo que Centurión calificó de espectáculo “horriblemente bello é interesante”.
Según Seeber, a causa de las numerosas perdidas, se dio orden de retirada que se anuló debido a la falsa noticia de que los brasileños habían penetrado en las defensas paraguayas por la izquierda. Así, los valerosos aliados, reforzados con nuevos batallones, embistieron por segunda vez las posiciones de los no menos valerosos paraguayos.
Cuenta Seeber que los soldados se llegaron a batir a pistola “pero caen hombres tras hombres, y el sacrificio resulta totalmente estéril”. A continuación, ante la imposibilidad de avanzar por el centro, los aliados intentaron atacar por los flancos, pero el río lo impedía por el izquierdo y la laguna por el derecho.
Mientras esto pasaba en Curupaytí, el brasileño Polidoro con miles de hombres debía desde su posición en Tuyutí hacer creer que atacaría el Paso Gómez, pero en realidad solo debía acometer si se daba la oportunidad. Al mismo tiempo, Flores, con 2.500 tropas de caballería brasileña y 500 argentinas y orientales, avanzó por la derecha pasando por el Estero Rojas, y tras atacar a unos pocos paraguayos, se retiró antes de que la caballería paraguaya cargara.
Por fin, a las 4, Mitre dio orden de retirada, pero los aliados, en su regreso a Curuzú, sufrieron más perdidas. Mientras tanto, los paraguayos, aunque seguía el bombardeo de la escuadra, celebraron la retirada aliada. Díaz quiso perseguirlos con la caballería pero López lo evitó, aunque Mitre cuenta que protegió su retirada con fuego de artillería durante más de tres horas, impidiendo así la salida de los paraguayos. Por entonces, cuenta Seeber que el campo de batalla estaba teñido por la sangre.
A continuación, los paraguayos pudieron salir de sus posiciones para recoger las armas aliadas y hacer prisioneros a los supervivientes, a pesar de que Mitre y Seeber informaran de que habían recogido a todos sus heridos. Por su parte, Thompson dice los heridos fueron masacrados por los paraguayos. Según Centurión, los paraguayos regresaron a sus posiciones disfrazados con los uniformes de los aliados y llevando consigo 6.000 fusiles de Liège, carabinas minié, espadas y alguna bandera, además de algún dinero y relojes.
Aquel día los aliados perdieron según Seeber más de 4.000 hombres, según Centurión más de 5.000, entre ellos bastantes jefes, muchos de los cuales serían enterrados en las zanjas del campo de batalla o echados al río. En cambio, Mitre cifró las perdidas en solo 3.000, entre muertos y heridos, aunque Thompson triplica esta cifra y habla de 9.000. Por su parte, los paraguayos solo tuvieron 92 bajas entre muertos y heridos, la mayor parte causados por los brasileños del Chaco, que a su vez sufrieron las granadas paraguayas.
Según se publicó aquel mismo día en El Semanario de Avisos de Asunción, “toda la extensión del campo de batalla quedó amontonada de cadáveres...”, “sangre, (…) cuerpos mutilados, caballos despedazados, (…) en que se ven los estragos de nuestros proyectiles,...”.
Tras esta catástrofe surgieron graves disensiones entre los aliados, también entre los mismos mandos brasileños, tanto que los paraguayos pensaron en que se podría romper la Triple Alianza. Igualmente surgieron las criticas en Argentina y Brasil, por lo que comenzó un periodo de inacción de varios meses y hubo un relevo de generales.
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miércoles, 18 de mayo de 2022
Carta de Simón Bolívar a Agustín de Iturbide (1821).
SIMÓN BOLÍVAR CONTRA AGUSTÍN DE ITURBIDE
Están de sobra acreditadas las diferencias, rivalidades y animadversiones entre algunos de los Libertadores de América, pero es menos conocida la antipatía y el desafecto que Simón Bolívar sentía hacia Agustín de Iturbide, Libertador y primer Emperador de México.
Sí con otros próceres de la independencia americana la antipatía nació por diferencias en cuanto a la conducción de la guerra y el gobierno de los nuevos Estados, la hostilidad de Bolívar hacia Iturbide surgió cuando este, al ser coronado, traicionó los valores republicanos y liberales de las nuevas naciones.
Por las cartas de Bolívar y sus más estrechos colaboradores podemos ver como al principio el venezolano se alegraba por los éxitos de Iturbide, incluso en febrero de 1822 escribía al General Santander que “si Iturbide se declara Emperador es lo mejor del mundo”. En mayo, tras su proclamación como emperador, Iturbide escribió a Bolívar, al que se refería como amigo, para comunicárselo y para señalar que esto no alteraría la buena armonía entre Colombia y México.
En septiembre Bolívar recibía noticias sobre la coronación en julio de Iturbide y escribía a Santander contrariado, a diferencia del entusiasmo que mostraba meses atrás, y señalaba que la proclamación se había realizado por la fuerza. En su respuesta, Santander pronosticaba que, como así fue, el reino de Iturbide acabaría mal. Por su parte, el embajador José Rafael de Revenga, vaticinaba los alzamientos republicanos contra Iturbide, pronostico que también se cumplió.
En otra carta de Bolívar a Santander podemos leer: “...es muy posible que la anarquía suceda al imperio español. ¡Qué locura la de estos señores que quieren coronas (…), sin mérito, sin talentos, sin virtudes! ¡Quieren coronas (…) para entronizar la incapacidad y el vicio, y para distraer al verdadero patriotismo y el odio a los españoles”.
Paralelamente podemos ver una resistencia en las autoridades colombianas a reconocer al emperador mexicano a través de Miguel Santa María, enviado grancolombino a México, lo que agrió las relaciones diplomáticas entre ambos Estados.
A finales de septiembre, Bolívar escribió al político Fernando Peñalver y decía lo siguiente: “Mucho temo que las cuatro planchas cubiertas de carmesí, que llaman trono, cuesten más sangre que lágrimas, y den más inquietudes que reposo. Están creyendo algunos que es muy fácil ponerse una corona y que todos los adoren; y yo creo que el tiempo de las monarquías fué, y que hasta que la corrupción de los hombres no llegue á ahogar el amor á la libertad, los tronos no volverán á ser de moda en la opinión”. Al día siguiente el Libertador, en una carta a Antonio José de Sucre, se refería a los gobernantes de Buenos Aires como demagogos y a los de Chile, Lima y México como tiranos.
A continuación, en marzo de 1823, tras meses de silencio sobre el emperador de México, Bolívar escribió a Santander desde Guayaquil lo siguiente: “Nadie detesta más que yo la conducta de Itúrbide; pero no tengo derecho de juzgar su conducta. Pocos soberanos de Europa son más legítimos que él y que puede ser que no sean tanto”. Seguidamente, a pesar de su antipatía hacia Iturbide, Bolívar calificaba de censurable la actitud de Santa María, el cual, al parecer, estaba involucrado en una conspiración contra el Emperador mexicano.
En abril, Bolívar, haciéndose eco de las revueltas contra Iturbide y sin saber que este había abdicado en marzo, escribía de nuevo a Santander: “El que no está con la libertad, puede contar con las cadenas del infortunio y con la desaprobación universal”. En Julio, Santander escribía con satisfacción a Bolívar que “la farsa de Iturbide ha desaparecido” y señala “la prudencia del gobierno en dilatar sus relaciones con el Emperador Agustín” en vista del destino de este.
En septiembre Bolívar se hallaba en Perú donde le fue entregada la suprema autoridad política y militar para oponerse al presidente José de la Riva-Agüero que se encontraba enfrentado al Congreso de su país. En esas fechas, en un banquete en su honor, Bolívar en su discurso lanzó un alegato en pro del republicanismo en los siguientes términos: “Porque los pueblos americanos no consientan jamás elevar un trono en todo su territorio; que así como Napoleón fué sumerjido en la inmensidad del Océano, y el nuevo Emperador Iturbide derrocado del trono de Méjico, caigan los usurpadores de los derechos del pueblo americano, sin que uno sólo quede triunfante en toda la dilatada extensión del Nuevo Mundo”.
Un año más tarde, después de su abdicación y de su periplo por Europa, Iturbide regresó a México, donde fue capturado y ejecutado. Bolívar escribió a Santander contándole la noticia y manifestándole su alegría por la ejecución del ex Emperador ya que podría causar nuevos problemas en el país.
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martes, 10 de mayo de 2022
El submarino alemán U-530 en Argentina (julio de 1945).
1942, EL PLAN NAZI PARA ATACAR LA CARNE ARGENTINA
Durante la Segunda Guerra Mundial los submarinos se convirtieron en una de las principales armas de la Alemania Nazi. Los sumergibles permitieron a los alemanes llevar sus ataques a lugares tan lejanos como las costas africanas o el Caribe, e incluso, a punto estuvieron de llevar la guerra submarina al Río de la Plata, en aguas argentinas y uruguayas.
Cuenta Karl Dönitz, Jefe del Arma Submarina alemana, en su libro “Diez Años y Veinte Días”, que en julio de 1942, mientras planeaba las operaciones submarinas de los siguientes meses, ideó atacar en el Río de la Plata, donde pensaba que encontraría una gran concentración de mercantes. Allí creía Dönitz que sus submarinos del Tipo IX podrían hallar numerosos barcos frigoríficos que transportaban carne argentina a Inglaterra.
El lugar era óptimo. Un ataque en el Río de la Plata tomaría a los británicos por sorpresa, además, en la zona, a diferencia del Atlántico Norte, no había medidas de protección ni vigilancia aérea. Esta operación de diversión conllevaría que los aliados tuvieran que dedicar posteriormente recursos a proteger aquella zona, lo que haría dividir sus esfuerzos.
Aunque pudiera pensarse que el Río de la Plata no estaba al alcance de los submarinos alemanes, ya 1941 se habían llevado a cabo acciones en el Golfo de Guinea, además, unos meses antes habían entrado en servicio los primeros submarinos del Tipo XIV, un tipo de sumergible cisterna, conocido como “vaca lechera”, capaz de suministrar combustible en alta mar a los submarinos de combate, algunos de los cuales pudieron así operar incluso en el Océano Índico.
Y por si fuera poco, la llegada tras acabar la guerra de dos submarinos al Río de la Plata, el U-530 y el U-997, demuestra que los sumergibles alemanes eran capaces de realizar largas travesías.
Antes de llevar a cabo la operación, Dönitz preguntó al Ministerio de Relaciones Exteriores si habría alguna objeción en un ataque en aquella área. La respuesta fue negativa. El Alto Mando alemán no quería que un ataque en la zona hiciera a Argentina abandonar su neutralidad. Esto mismo había sucedido con Brasil en los meses previos, cuando tras el hundimiento de varios mercantes brasileños, el país sudamericano se encontraba de facto en guerra con la Alemania nazi desde primavera.
Por tanto, el Almirante Erich Raeder aconsejó a Dönitz cambiar de zona de operaciones, por lo que este siguió con los ataques en las costas brasileñas y envió submarinos a las inmediaciones de Ciudad del Cabo, en Sudáfrica.
Sin embargo, aunque Dönitz no pudo operar en el Río de la Plata, en los meses sucesivos varios barcos provenientes de Argentina fueron hundidos en el Atlántico. Así, a finales de octubre el Pacific Star, procedente de Rosario y con una carga de carne fue hundido al oeste de las Canarias, y poco después, el Corinaldo, procedente de Buenos Aires y con una carga de más de 5.000 toneladas de carne congelada fue hundido al oeste de Madeira.
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lunes, 2 de mayo de 2022
Cédula y Capitulación firmada de los Reyes Católicos sobre el rescate de los moros y moras, naturales de Málaga, 1487.
ISABEL LA CATÓLICA Y SUS ESCLAVOS
Aunque desde hace tiempo, en especial últimamente, se intenta presentar a la reina Isabel la Católica como contraria a la esclavitud por su negativa a la esclavizar a los indios americanos, lo cierto es que ella como reina de Castilla poseyó esclavos, cautivó a miles de personas y ganó dinero con el rescate de cautivos.
Uno de los momentos en los que la reina Isabel hizo más esclavos fue en 1487, durante la Guerra de Granada, cuando Málaga cayó en manos cristianas. En la crónica de Hernando del Pulgar se dice que cuando los reyes entraron en Málaga cautivaron a miles de moros y ordenaron repartirlos. Un tercio de los cautivos se distribuyó entre los grandes señores del reino, mientras que algunas moras fueron repartidas entre las señoras del reino y otras llevadas a palacio.
Otro grupo fue enviado al extranjero. 50 doncellas a la reina Juana de Nápoles, hermana de Fernando el Católico, otras 30 a la reina de Portugal y 100 al papa Inocencio VIII, los cuales procesionaron por las calles de Roma. Esto último queda contrastado por varios cronistas pontificios como Johann Burchard.
A otros de los cautivos se les dio un plazo para comprar su libertad, pero la mayoría no consiguió el dinero y fueron vendidos unos 11.000 según la crónica de Andrés Bernáldez. Distinta suerte corrieron cientos de judíos que también fueron cautivos por los Reyes Católicos en Málaga, estos, como podemos ver en documentos de la época, consiguieron recaudar el dinero para su rescate entre las comunidades judías de Castilla.
En estos años podemos encontrar otras referencias a esclavos de Isabel la Católica. Así, en las cuentas de Gonzalo de Baeza, Tesorero de la reina, hay continuas menciones a la presencia de esclavos en la Corte, sobre todo esclavas. En las cuentas de Baeza se aprecian anotaciones sobre gastos para ropa de estos esclavos. Por ejemplo, una saya para una “esclava de la infanta”, tela para Juanica, la “negra de la infanta”, “zapatos para un esclavo”, “una manta de cama, para dos esclavas de la infanta”, tocas para “tres esclavas de la infanta”, dos tocas “para dos esclavas de su Alteza”, ropa para diez esclavas o camisas para “dos canarias de la infanta”.
Esta última anotación deja claro que una de las hijas de la reina poseyó esclavas canarias, lo que contrasta con el especial interés que la soberana puso en liberar a un grupo de esclavos de la Gomera. En 1489 los reyes habían dado permiso para esclavizar a un grupo de gomeros, aunque poco después, al comprobarse que estaban bautizados, fueron declarados horros, es decir, libres, por lo que desde ese año las autoridades pusieron un gran empeño en que esos esclavos regresaran a su isla.
La siguiente noticia que demuestra la presencia de esclavos en la Corte castellana es el viaje que la infanta Juana emprendió a Flandes en 1496 para reunirse con Felipe el Hermoso. En los documentos del personal que componía la Casa de la Infanta se aprecia la presencia de cuatro esclavas, posiblemente de origen musulmán.
Otro documento que muestra como la familia de la reina poseyó esclavos es el testamento de la princesa Isabel, reina de Portugal, muerta en 1498. En este documento la princesa estableció que sus nueve esclavos serían liberados. Así, un año después, sus padres, encargados de cumplir las últimas voluntades de la princesa, liberaron a sus esclavos, que a juzgar por los nombres cristianos que llevaban, es posible que estuvieran bautizados antes de su manumisión. La presencia de esclavos cristianos en la Corte de la reina Isabel no sería una excepción, ya que en las cuentas de Gonzalo de Baeza se menciona a un “esclavo cristiano negro”.
Poco después, en 1501, podemos ver a la reina Isabel repartiendo esclavos entre los miembros de su Corte. En ese año, tras ser sofocada una rebelión de mudéjares en el antiguo Reino de Granada, fueron tomados cientos de esclavos, así lo cuenta Luis de Mármol Carvajal en su crónica, según la cual todos los pobladores mayores de once años de Níjar y Güevéjar fueron hechos esclavos.
Estos esclavos, de estas y otras poblaciones, según podemos ver en varios documentos, serían entregados por la reina a distintas personas. Por ejemplo, una esclava fue dada a la abadesa del Monasterio de Rapariegos, otra a Beatriz Galindo, criada de la reina, seis a Juana de la Torre, ama del fallecido príncipe Juan, otros al licenciado Mújica y otro al doctor de la reina.
En otro documento podemos ver a la reina ordenando a los encargados de vender a los esclavos de Níjar y Huebro que le envíen a varias jóvenes y niños. El texto dice así: “Alonso Vélez de Mendoza, Diego García el Rico y Diego Pérez, que tenéis cargo de vender los esclavos que fueron cautivos de Níjar y Huebro, yo os mando que luego que esta mi cédula vieredes enviéis aquí a Granada 4 esclavas buenas, de edad de 15 a 20 años y otros 5 niños y 5 niñas de los libres, de edad de 7 a 10 años, que son por todas 14 personas,...”.
Estos ejemplos demuestran que aunque la reina Isabel diera pasos para evitar la esclavitud de sus súbditos del Nuevo Mundo, no fue una abolicionista, ni estuvo nunca en contra de la esclavitud, pues ella misma hizo esclavos, poseyó esclavos y se lucró con la esclavitud.
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